miércoles, 6 de febrero de 2013

Shh.

Creo que siento que me traicioné.

(Sí, creo que siento).

Hoy no voy a hacer mucho drama, solamente voy a admitir que caí en lo que pensé que nunca caería, sobre todo el aquellos tiempos viejos de una Andrea supuestamente decidida, supuestamente dura como una roca y supuestamente fría. Fría. Si bien no me traicioné a mí, traicioné a esa versión de mí. Recomendaría que no me traten de comprender, en realidad, porque hasta para mí es difícil comprenderlo.

Hay una cosa horrible para aquellos (nosotros) los que tratamos de subsistir y mantenernos en algo como un equilibrio mente-espíritu-yoquierohaceresto (además de vaciar nuestra imaginación), hallando algo como un refugio en lo que llaman escritura amateur. Oh, sin malinterpretarme, aunque lo del equilibrio pueda parecer un poquito miserable, estoy orgullosa de eso. Y todavía tengo (tenemos) derecho a soñar. 

Yo, particularmente, siempre quise engañarme y pensar que lo mío no eran los poemas. Sin embargo, como ahora creo que mi vida se ha dividido en un antes-de y un después-de, me siento un poquito más segura de admitirlo. Sí, sí, los poemas son algo como una válvula para aquellos (nosotros) los que se sienten un poquito más profundos y más sensibles, tal vez un poco más despechados. Y, aunque mis poemas no eran malos (mi antigua profesora de Literatura casi lloraba al leerlos), descubrí que siempre estaban basados en algo un poco menos personal de lo que deberían ser; y yo, como buena virgo, siempre noté que les faltaba algo. 

Mi pequeña gran frustración entra en que siento que para poder escribir correctamente, tengo que haber vivido. Hace algunos meses donde siento que se estancó mi mayor bloqueo, llegué a esa conclusión. 

Ahora me pregunto, ¿será que estuve tan enfrascada en vivir para escribir que olvidé que puedo hacerlo de cualquiera de los dos modos?

Me desvié del tema principal. Creo que lo hice a propósito. Creo.

Para no dejar ninguna de las dos cosas inconclusas, voy a llegar a una conclusión chiquita y un poquito insignificante. A mediados del mes pasado entré en una etapita pequeñita (o tal vez grandotota) de mi vida que me hace pensar que me traicioné, porque una parte de la Andrea antes-de se prometió que nunca sería tan cursi como los personajes de sus novelas. Ahora, tal vez me acerco un poquito más. El bloqueo desapareció unos días de pronto como si fuera por arte de magia. Creo que los días antes mi mente estaba tan densa y turbia, y yo estaba tan confusa y sensible que mi imaginación quedó tapada como una capa de agua bajo una de aceite. Sin embargo, eso no mejoró mis poemas, con todo y la tanda de cursilería barata que se agregó a mi ser.

Eso no significa que hay perdido la fe en que para escribir, hay que vivir. Probablemente cuando sea mayor mis relatos y mis poemas mejoren, pero no dejaré de aprovechar los de ahora. Aprovecharé mi cursilería y aprovecharé mi etapita pequeñita/grandotota, porque si cuenta como una traición a mi antigua yo, no me importa. Estoy muy feliz traicionando a la Andrea de piedra, en parte porque eso no me afecta al escribir. La verdadera Andrea, la de adentro, sigue como de paquete.

Felicidades a quienes logren descifrar cuál es la etapita. No es tan complicado.