Crecer es
más o menos todo acerca de decisiones, ¿huh?
No lo voy
a negar. Hay decisiones por todos lados, condenadas piedritas en el camino y
mosquitos en el parabrisas que no te dejan seguir el camino en paz. Todo gira
alrededor de eso.
Así como
cuando vas a casa de algún familiar/persona conocida de tus padres que con
suerte sabes cómo se llama y por unos escasos pero fastidiosos minutos tienes
la atención. Te vuelves un puntito al que apuntan un montón de flechas y te
comienzan a preguntar cualquier clase de cosas y por lo menos una involucra una
decisión. Es como que ¿Tienes novio,
Andrea? ¿Qué te gusta hacer, Andrea? ¿Entonces ya eres franela beige, Andrea?
¿Qué quieres estudiar, Andrea?
Muéranse
todos.
Porque no
sé. Sí, la mayor parte de las preguntas son de sí-no, pero las (la) que no es la que me tiene ahora
mismo con un dolor de cabeza que me hace sentir como si lo que ocurriera fuera
que mi cerebro estuviese teniendo un colapso al estilo Ciencias vs.
Humanidades. Y no se siente divertido, señores, es un boom de los malvados. Debo agradecer que corro con la suerte de que
en el colegio donde estudio no es como si pudieses elegir entre ciencias y
humanidades, sino que te vas por ciencias y ya. Una decisión que me ahorro, y
que bien, porque sino este dolor de cabeza me lo hubiese tenido que calar hace
algo así como un año.
De por sí
yo soy muy indecisa. Indecisa de esas a las que provoca estrellarles la cabeza
contra la pared mientras se grita ¡Decídete, idiota, no es tan complicado! Pero
en realidad sí lo es. Porque en mi cabeza hay dos ejércitos de soldaditos
(consecuencia de tener tanta imaginación, supongo), que defienden un bando
distinto. Ambos ejércitos son del mismo tamaño y tienen el mismo poder. Les
explico mejor mi caso:
Siempre
quise estudiar un montón de cosas distintas, desde que era una mocosa que tenía
clara la idea de que en algún momento me tenía que graduar de la universidad,
conseguir un trabajo y ser alguien en la vida. Me acuerdo de que incluso, una
vez quise ser bedel porque en mi cabeza estaba estancada la idea de una
princesa Disney cualquiera limpiando por ahí con animalitos acompañándola.
Luego caí en la realidad de que los únicos animalitos que me acompañarían
serían cucarachas y hormigas, entonces la idea dejó de ser divertida. Quise ser
cineasta, escritora, filóloga, profesora, científica, e incluso me parece que
en algún momento me gustó la idea de ser astronauta o algo por el estilo.
Sueños de niña pequeña, por supuesto. Y eso dejando por fuera las fantasías de ¡Oh, voy a ser la cantante/actriz/modelo más
famosa de todo el mundo y apareceré en todos lados! Sí.
Ahora
cuando la cosa se ha tornado un poquitín más real (bachillerato, señores), y
más cuando me quedan dos años de colegio para saber qué diantres voy a hacer
con mi vida, todo ha bajado de tono. Eligiendo, descartando y reduciendo todo
con una dosis de realidad, me quedé con dos carreras:
Arquitectura.
Comunicación
Social/Periodismo.
Exploten,
cabezas. ¿Ven a lo que me refiero cuando digo Ciencias vs. Humanidades? Es la
representación en vivo de una tercera guerra mundial. Son opuestos. No se
juntan. O al menos eso pensaba yo hasta que me di cuenta de que ambas cosas me
gustan lo suficiente como para armar uno de los dilemas más ardientes de mi
corta vida.
No lo voy
a negar, me veo como ambas cosas a la perfección. Los que me conocen bien me
dicen que soy una loca, que yo soy de
periodismo. Y lo dicen en sentido de naciste
para eso, demonios, resígnate y deja de exprimirte el cerebro. Pero luego
los que me conocen así por la parte de afuera van a decir que tengo que ir a
arquitectura.
Tampoco
voy a negar que de cierto modo, me sienta mejor periodismo. Periodismo como
para escribir en una revista. Como para hacer los mejores reportajes del
planeta. Como para viajar en investigaciones. Todo junto. Lo digo porque desde
hace tiempo (y cuando digo tiempo es en serio) me inclino por cosas más al
estilo de libros, idiomas, redacciones. Cosas simples que me salen bien y que
me gustan.
Y luego
está el monstruo de la arquitectura. También me gusta. Se me dan las
matemáticas, la geometría, el trazo. Me gusta. Me veo como eso.
Me veo
como ambas cosas.
Al fin y
al cabo mi dilema no suena tan disparatado, ¿verdad que no? Pero no quiere
decir que mi cabeza no esté hecha un plato de espaguetis. Tal vez termine
estudiando ambas carreras, tal vez me decida por una. Tal vez me convierta en
la cantante/actriz/modelo más famosa del mundo y aparezca en todos lados.
Malditas
decisiones. Mi flaco consuelo (uno de los pocos que me quedan en estos
momentos) es que a final de cuentas, me quedan dos años o algo así para
decidir. Tengo tiempo. O al menos eso espero.