viernes, 28 de septiembre de 2012

Efecto Tumblr.


Todos conocemos la red social, o al menos eso creo. Supera a Facebook, supera a Twitter, y de paso tiene el poder majestuoso de jugar con tus emociones.

…Y con tu estómago también.

Últimamente paso mucho tiempo sola en mi casa. No he entrado a clases y los míseros restos de las vacaciones me he dignado a pasarlos durmiendo, escuchando música, haciendo origami, una que otra vez escribiendo, leyendo y en Tumblr. Y Tumblr tiene poder, señores, poder del feo.

En Tumblr encuentras de todo. Las ochenta mil casas que quieres tener, los lugares en que quieres estar, el novio que te gustaría tener, las cosas con las que te identificas, las cosas con las que se identifican los demás, y encuentras comida. Y porno también, pero más importante es la comida. Al mejor estilo de que acabas de comer, entras en Tumblr y el hambre atroz que te da no es nada normal. Y como un zombie caminas a la cocina, abres el refrigerador, te das cuenta de que no vas a encontrar la cosa sabrosa que viste en la imagen, cierras el refrigerador y vuelves a caminar como zombie hasta tu cama.

Y si Tumblr te agarra sentimental, es de lo peor. De pronto el dashboard se te llena de imágenes y gifs de gente abrazándose, gente besándose, gente haciéndose cariñitos y entonces miras a los lados y en lugar de encontrarte a alguien te encuentras a un peluche. Triste realidad que cae como una cubeta de agua fría en la cara.

Aun así por lo menos yo soy una masoquista y sigo en tumblr aunque esté infestado de todas estas cosas que juegan conmigo, desde mi estómago hasta mis sentimientos y mi capacidad de pensar estoy-sola-en-el-mundo-nadie-me-quiere-voy-a-morir-sola-con-diez-pastores-alemanes. Y el efecto se multiplica por mil cuando comienzo a escuchar cierta música que me toca el alma (Sway – The Kooks).

Sí, creo que me hace falta un abrazo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

¡NUES-TRA!




Sí, sí, la bandera al inicio de la entrada debe parecer un poco intimidante, pero ¡no se vayan! Tampoco es que voy a descargar todo mi orgullo patriótico en una entrada de blog, porque mi país merece más que eso. No quita que tal vez algún día lo haga.

Últimamente todo el mundo habla de mi país por los eventos a ocurrir el domingo de la próxima semana. Que si Venezuela por aquí, que si Venezuela por allá, porque todo el mundo se emociona por el país aunque estén fuera de este. Digamos que el orgullo del venezolano es un poquito grande en comparación con otras cosas. Y todo este revuelo se va a dar por unas votaciones, porque todo se reduce a eso.

En realidad no tengo mucho que decir. Sonaría muy hipócrita si se me ocurre gritar a los cuatro vientos que estoy a favor de equis candidato a la presidencia, porque en realidad la política está en el fondo de mis temas a tratar. No soy la persona más indicada, sobre todo porque a penas tengo una idea específica en lo que a ideología política respecta. La misma palabra política me da escalofríos, ew.

Pero al fin y al cabo soy venezolana. Venezolana orgullosa como cada uno de los seres nacidos en este pedazo de tierra. Y como cada habitante de cada país, quiero que avance a la velocidad de la luz, sea cual sea el camino a seguir. Eso sí, tengo claro lo que nos conviene, porque no soy realmente idiota.

Y como menor de edad que por desgracia no puede votar, digamos que dedicaré la semana que viene  a mi país por medio de una de las cosas buenas que la gente de por acá ha sabido hacer: música. Por eso, el título hace alusión a cierta canción de cierto grupo nacional (cofcofRadio Capital – La Vida Bohèmecofcof). Digamos que es mi manera de demostrar la esperanza que tengo por mi país. No me voy a dar mala vida. Esta es nuestra fiesta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

WTF.


Ayer estábamos en el carro y no recuerdo de qué estábamos hablando exactamente (creo que era algo con respecto a mis clases de francés), pero mi hermanita de once años dijo what the fuck tres veces. De acuerdo, las primeras dos veces exploté de la risa y si hubiese habido suelo donde revolcarse, no habría lugar a dudas de que me hubiese reído hasta morir. Ya para la tercera vez mi mamá me lanzó una de esas miraditas de “Haz de hermana mayor, Andrea” y no me quedó de otra. Le expliqué qué significa la expresión y ella prometió no volver a decirla, aunque yo sé que de todos modos la dirá cuando no esté con la familia. Lo sé porque eso mismo hacía yo. La cuestión es que después, pensando en la igualdad entre hermanos, me acusó:

—Mami, Andrea también lo dice.

Seguro. Ella me copia todo. Nadie quita que no me haya copiado el what the fuck que se me sale de vez en cuando en los momentos en que, estando sola, comienzo a hablar spanglish. Mi mamá me miró con una ceja en alto y le dije que sí, que sí la decía de vez en cuando. Ella hasta concordó en que suelo colocar las siglas WTF una que otra vez en twitter.

No soy una santa ni una dama antigua, digo groserías. Se me salen. Sobre todo cuando estoy con mi grupo (algunos de ellos sueltan groserías y maldiciones como si fueran camioneros), son frecuentes. Pero ahora que lo pienso, ¿de qué se quejan los padres? Estos días he estado pasando por el colegio a buscar a mi hermana y cuando rodeo al patio, escucho por lo menos diez groserías que sueltan los niños de primaria que quieren sentirse mayores. Sé que mi hermana también lo hace, es obvio. La generación está podrida tanto en vocabulario como en ortografía.

No ntiendn k skribir haci no s atrktibo. Menos cuando intercalan mayúsculas con minúsculas y números, sin contar el hecho de que se les olvida que existen los signos de puntuación, los acentos y las diferencias entre b y v. Todo se vuelve un revoltijo ilegible, pero los niños creen que es cool.

Y tampoco quieren entender que teniendo diez años, las groserías no hacen nada porque se vean mayores. Cuando yo tenía su edad, me sentía malota cuando decía vaina, o alguna de esas groserías que en realidad no sé por qué se catalogan así por lo leves e inofensivas que son. Espero que cuando crezcan se den cuenta de que tantas palabrotas en una sola oración no los hace ni más experimentados ni mayores ni más geniales, sino todo lo contrario. Ya se estrellarán solitos.

Y hay oraciones que no quedan bien sin groserías, pierden el sabor y el toque. Sobre todo cuando insultas a alguien. Eso se multiplica por cien cuando vives en mi ciudad, donde a quien no se le escape una grosería en un día se merece una reverencia. Creo que sé moderarme, no dependo mucho del vocabulario y sé insultar sin palabrotas. De hecho, eso deja a la gente con una mejor cara de perdidos. Es genial, deberían intentarlo.

Los padres no deberían estar tan confiados de que sus niños son unos santos, pues sólo los conocen cuando están con ellos. Es un comportamiento totalmente distinto al que muestran en el colegio. Esta generación ha practicado mucho el uso de las dobles caras, ya deberían haberse dado cuenta.

martes, 25 de septiembre de 2012

Decídete, tonta.


Crecer es más o menos todo acerca de decisiones, ¿huh?

No lo voy a negar. Hay decisiones por todos lados, condenadas piedritas en el camino y mosquitos en el parabrisas que no te dejan seguir el camino en paz. Todo gira alrededor de eso.

Así como cuando vas a casa de algún familiar/persona conocida de tus padres que con suerte sabes cómo se llama y por unos escasos pero fastidiosos minutos tienes la atención. Te vuelves un puntito al que apuntan un montón de flechas y te comienzan a preguntar cualquier clase de cosas y por lo menos una involucra una decisión. Es como que ¿Tienes novio, Andrea? ¿Qué te gusta hacer, Andrea? ¿Entonces ya eres franela beige, Andrea? ¿Qué quieres estudiar, Andrea?

Muéranse todos.

Porque no sé. Sí, la mayor parte de las preguntas son de sí-no, pero las (la) que no es la que me tiene ahora mismo con un dolor de cabeza que me hace sentir como si lo que ocurriera fuera que mi cerebro estuviese teniendo un colapso al estilo Ciencias vs. Humanidades. Y no se siente divertido, señores, es un boom de los malvados. Debo agradecer que corro con la suerte de que en el colegio donde estudio no es como si pudieses elegir entre ciencias y humanidades, sino que te vas por ciencias y ya. Una decisión que me ahorro, y que bien, porque sino este dolor de cabeza me lo hubiese tenido que calar hace algo así como un año.

De por sí yo soy muy indecisa. Indecisa de esas a las que provoca estrellarles la cabeza contra la pared mientras se grita ¡Decídete, idiota, no es tan complicado! Pero en realidad sí lo es. Porque en mi cabeza hay dos ejércitos de soldaditos (consecuencia de tener tanta imaginación, supongo), que defienden un bando distinto. Ambos ejércitos son del mismo tamaño y tienen el mismo poder. Les explico mejor mi caso:

Siempre quise estudiar un montón de cosas distintas, desde que era una mocosa que tenía clara la idea de que en algún momento me tenía que graduar de la universidad, conseguir un trabajo y ser alguien en la vida. Me acuerdo de que incluso, una vez quise ser bedel porque en mi cabeza estaba estancada la idea de una princesa Disney cualquiera limpiando por ahí con animalitos acompañándola. Luego caí en la realidad de que los únicos animalitos que me acompañarían serían cucarachas y hormigas, entonces la idea dejó de ser divertida. Quise ser cineasta, escritora, filóloga, profesora, científica, e incluso me parece que en algún momento me gustó la idea de ser astronauta o algo por el estilo. Sueños de niña pequeña, por supuesto. Y eso dejando por fuera las fantasías de ¡Oh, voy a ser la cantante/actriz/modelo más famosa de todo el mundo y apareceré en todos lados! Sí.

Ahora cuando la cosa se ha tornado un poquitín más real (bachillerato, señores), y más cuando me quedan dos años de colegio para saber qué diantres voy a hacer con mi vida, todo ha bajado de tono. Eligiendo, descartando y reduciendo todo con una dosis de realidad, me quedé con dos carreras:

Arquitectura.

Comunicación Social/Periodismo.

Exploten, cabezas. ¿Ven a lo que me refiero cuando digo Ciencias vs. Humanidades? Es la representación en vivo de una tercera guerra mundial. Son opuestos. No se juntan. O al menos eso pensaba yo hasta que me di cuenta de que ambas cosas me gustan lo suficiente como para armar uno de los dilemas más ardientes de mi corta vida.

No lo voy a negar, me veo como ambas cosas a la perfección. Los que me conocen bien me dicen que soy una loca, que yo soy de periodismo. Y lo dicen en sentido de naciste para eso, demonios, resígnate y deja de exprimirte el cerebro. Pero luego los que me conocen así por la parte de afuera van a decir que tengo que ir a arquitectura.

Tampoco voy a negar que de cierto modo, me sienta mejor periodismo. Periodismo como para escribir en una revista. Como para hacer los mejores reportajes del planeta. Como para viajar en investigaciones. Todo junto. Lo digo porque desde hace tiempo (y cuando digo tiempo es en serio) me inclino por cosas más al estilo de libros, idiomas, redacciones. Cosas simples que me salen bien y que me gustan.

Y luego está el monstruo de la arquitectura. También me gusta. Se me dan las matemáticas, la geometría, el trazo. Me gusta. Me veo como eso.

Me veo como ambas cosas.

Al fin y al cabo mi dilema no suena tan disparatado, ¿verdad que no? Pero no quiere decir que mi cabeza no esté hecha un plato de espaguetis. Tal vez termine estudiando ambas carreras, tal vez me decida por una. Tal vez me convierta en la cantante/actriz/modelo más famosa del mundo y aparezca en todos lados.

Malditas decisiones. Mi flaco consuelo (uno de los pocos que me quedan en estos momentos) es que a final de cuentas, me quedan dos años o algo así para decidir. Tengo tiempo. O al menos eso espero.