miércoles, 26 de septiembre de 2012

WTF.


Ayer estábamos en el carro y no recuerdo de qué estábamos hablando exactamente (creo que era algo con respecto a mis clases de francés), pero mi hermanita de once años dijo what the fuck tres veces. De acuerdo, las primeras dos veces exploté de la risa y si hubiese habido suelo donde revolcarse, no habría lugar a dudas de que me hubiese reído hasta morir. Ya para la tercera vez mi mamá me lanzó una de esas miraditas de “Haz de hermana mayor, Andrea” y no me quedó de otra. Le expliqué qué significa la expresión y ella prometió no volver a decirla, aunque yo sé que de todos modos la dirá cuando no esté con la familia. Lo sé porque eso mismo hacía yo. La cuestión es que después, pensando en la igualdad entre hermanos, me acusó:

—Mami, Andrea también lo dice.

Seguro. Ella me copia todo. Nadie quita que no me haya copiado el what the fuck que se me sale de vez en cuando en los momentos en que, estando sola, comienzo a hablar spanglish. Mi mamá me miró con una ceja en alto y le dije que sí, que sí la decía de vez en cuando. Ella hasta concordó en que suelo colocar las siglas WTF una que otra vez en twitter.

No soy una santa ni una dama antigua, digo groserías. Se me salen. Sobre todo cuando estoy con mi grupo (algunos de ellos sueltan groserías y maldiciones como si fueran camioneros), son frecuentes. Pero ahora que lo pienso, ¿de qué se quejan los padres? Estos días he estado pasando por el colegio a buscar a mi hermana y cuando rodeo al patio, escucho por lo menos diez groserías que sueltan los niños de primaria que quieren sentirse mayores. Sé que mi hermana también lo hace, es obvio. La generación está podrida tanto en vocabulario como en ortografía.

No ntiendn k skribir haci no s atrktibo. Menos cuando intercalan mayúsculas con minúsculas y números, sin contar el hecho de que se les olvida que existen los signos de puntuación, los acentos y las diferencias entre b y v. Todo se vuelve un revoltijo ilegible, pero los niños creen que es cool.

Y tampoco quieren entender que teniendo diez años, las groserías no hacen nada porque se vean mayores. Cuando yo tenía su edad, me sentía malota cuando decía vaina, o alguna de esas groserías que en realidad no sé por qué se catalogan así por lo leves e inofensivas que son. Espero que cuando crezcan se den cuenta de que tantas palabrotas en una sola oración no los hace ni más experimentados ni mayores ni más geniales, sino todo lo contrario. Ya se estrellarán solitos.

Y hay oraciones que no quedan bien sin groserías, pierden el sabor y el toque. Sobre todo cuando insultas a alguien. Eso se multiplica por cien cuando vives en mi ciudad, donde a quien no se le escape una grosería en un día se merece una reverencia. Creo que sé moderarme, no dependo mucho del vocabulario y sé insultar sin palabrotas. De hecho, eso deja a la gente con una mejor cara de perdidos. Es genial, deberían intentarlo.

Los padres no deberían estar tan confiados de que sus niños son unos santos, pues sólo los conocen cuando están con ellos. Es un comportamiento totalmente distinto al que muestran en el colegio. Esta generación ha practicado mucho el uso de las dobles caras, ya deberían haberse dado cuenta.

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