Ayer
estábamos en el carro y no recuerdo de qué estábamos hablando exactamente (creo
que era algo con respecto a mis clases de francés), pero mi hermanita de once
años dijo what the fuck tres veces.
De acuerdo, las primeras dos veces exploté de la risa y si hubiese habido suelo
donde revolcarse, no habría lugar a dudas de que me hubiese reído hasta morir. Ya
para la tercera vez mi mamá me lanzó una de esas miraditas de “Haz de hermana mayor, Andrea” y no me
quedó de otra. Le expliqué qué significa la expresión y ella prometió no volver
a decirla, aunque yo sé que de todos modos la dirá cuando no esté con la
familia. Lo sé porque eso mismo hacía yo. La cuestión es que después, pensando
en la igualdad entre hermanos, me acusó:
—Mami, Andrea también lo dice.
Seguro.
Ella me copia todo. Nadie quita que no me haya copiado el what the fuck que se
me sale de vez en cuando en los momentos en que, estando sola, comienzo a
hablar spanglish. Mi mamá me miró con una ceja en alto y le dije que sí, que sí
la decía de vez en cuando. Ella hasta concordó en que suelo colocar las siglas
WTF una que otra vez en twitter.
No
soy una santa ni una dama antigua, digo groserías. Se me salen. Sobre todo
cuando estoy con mi grupo (algunos de ellos sueltan groserías y maldiciones
como si fueran camioneros), son frecuentes. Pero ahora que lo pienso, ¿de qué
se quejan los padres? Estos días he estado pasando por el colegio a buscar a mi
hermana y cuando rodeo al patio, escucho por lo menos diez groserías que
sueltan los niños de primaria que quieren sentirse mayores. Sé que mi hermana
también lo hace, es obvio. La generación está podrida tanto en vocabulario como
en ortografía.
No ntiendn k skribir haci no s atrktibo. Menos
cuando intercalan mayúsculas con minúsculas y números, sin contar el hecho de
que se les olvida que existen los signos de puntuación, los acentos y las
diferencias entre b y v. Todo se vuelve un revoltijo ilegible, pero los niños
creen que es cool.
Y
tampoco quieren entender que teniendo diez años, las groserías no hacen nada
porque se vean mayores. Cuando yo tenía su edad, me sentía malota cuando decía
vaina, o alguna de esas groserías que en realidad no sé por qué se catalogan
así por lo leves e inofensivas que son. Espero que cuando crezcan se den cuenta
de que tantas palabrotas en una sola oración no los hace ni más experimentados
ni mayores ni más geniales, sino todo lo contrario. Ya se estrellarán solitos.
Y
hay oraciones que no quedan bien sin groserías, pierden el sabor y el toque. Sobre todo cuando insultas a
alguien. Eso se multiplica por cien cuando vives en mi ciudad, donde a quien no
se le escape una grosería en un día se merece una reverencia. Creo que sé
moderarme, no dependo mucho del vocabulario y sé insultar sin palabrotas. De
hecho, eso deja a la gente con una mejor cara de perdidos. Es genial, deberían
intentarlo.
Los
padres no deberían estar tan confiados de que sus niños son unos santos, pues
sólo los conocen cuando están con ellos. Es un comportamiento totalmente
distinto al que muestran en el colegio. Esta generación ha practicado mucho el
uso de las dobles caras, ya deberían haberse dado cuenta.
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