Al
cabo de un buen tiempo conociendo a algunas personas y sobre todo cuando las
ves crecer, hay algunas cosas que comienzas a notar. Sobre todo en plena
adolescencia ves cambios por doquier.
En
mi caso, tanto por ser mujer como por el hecho de que la mayor parte de mis
amigos son varones, noto más los cambios en ellos. Les cambia la voz, el
rostro, se estiran y cada vez que regresan de clase de educación física,
apestan como orangutanes. Nada muy duro de notar.
Y
están. Las condenadas. Nueces. De. Adán.
Personalmente,
tengo una obsesión con las nueces de Adán/manzanas de Adán/nunzanas que es cada
vez más bizarra. Adoro esas condenadas cosas y si hay algo en lo que me fijo
inmediatamente (es inevitable), son las malditas manzanas de Adán. Así como las clavículas. Así como las venas
del cuello.
Eso
nos lleva a que me suelo fijar en cosas que otras chicas no toman en cuenta.
Seamos sinceros, la mayoría de las muchachas son de las que admiran abdominales
y nalgas y una aquí como una despistadita muriéndose por una protuberancia en
el cuello. Soy demasiado rara de vez en cuando, cielos. Llega a ser algo como
que “¡Mira esos brazos!” y yo como
que “Nun-za-na”. Y luego me miran
raro.
Pero,
ya saben, es inevitable.