sábado, 28 de julio de 2012

Inevitable


Al cabo de un buen tiempo conociendo a algunas personas y sobre todo cuando las ves crecer, hay algunas cosas que comienzas a notar. Sobre todo en plena adolescencia ves cambios por doquier.

En mi caso, tanto por ser mujer como por el hecho de que la mayor parte de mis amigos son varones, noto más los cambios en ellos. Les cambia la voz, el rostro, se estiran y cada vez que regresan de clase de educación física, apestan como orangutanes. Nada muy duro de notar.

Y están. Las condenadas. Nueces. De. Adán.

Personalmente, tengo una obsesión con las nueces de Adán/manzanas de Adán/nunzanas que es cada vez más bizarra. Adoro esas condenadas cosas y si hay algo en lo que me fijo inmediatamente (es inevitable), son las malditas manzanas de Adán.  Así como las clavículas. Así como las venas del cuello.

Eso nos lleva a que me suelo fijar en cosas que otras chicas no toman en cuenta. Seamos sinceros, la mayoría de las muchachas son de las que admiran abdominales y nalgas y una aquí como una despistadita muriéndose por una protuberancia en el cuello. Soy demasiado rara de vez en cuando, cielos. Llega a ser algo como que “¡Mira esos brazos!” y yo como que “Nun-za-na”. Y luego me miran raro.

Pero, ya saben, es inevitable.

Sobrenombres


Oh-santa-cachucha-hablaré-de-sobrenombres.

Tal vez no soy la persona más correcta para hablar de sobrenombres, pues no tengo muchos. Me alcanza una sola mano para contarlos, creo. Por cierto, tengo un amigo al que le contaron más de treinta sobrenombres y la lista aumenta.

Hay varios tipos de sobrenombres, para mí (que raro, yo dividiendo todo en tipos). O más bien varios tipos de gente con varios tipos de sobrenombres.

Están que si las personas que tienen un solo sobrenombre y que todo el mundo las conoce así. Por dar ejemplos, conocí a una María de Jesús a la que le decíamos Assu  y tengo un amigo llamado Andrés con una sonrisa de comisuras muy altas al que le decimos Guasón/Guasi. Y así era (es) el poder de sus sobrenombres que hasta los profesores optan por llamarlos así.

También están los que son más ortográficos, con diminutivos, juegos de palabras y siglas. Una Katherine que es una Kathe, una Victoria que es una Vicky, un Luis Diego que es LD. Y pronunciado Ele De, señores.

Ah, y están los que se utilizan cuando hablas en clave. En mi caso y el de mis amigas lunáticas, hay reyes, aviones, y galletas oreo de tipo americano. Y correcto, todos los anteriores se refieren a personas.

Yo soy la clara muestra del fracaso de los sobrenombres. Primero, Andrea no es un nombre con muchos diminutivos que se diga, y quien trata de colocarme uno pierde la costumbre en menos de una semana. Mis primitos me llamaron Ane (Andre pronunciado por niños de cinco años para abajo) hasta que lograron pronunciar la d y la r juntas. Tuve una prima que trató de bautizarme como Andru, pero de nuevo, fail. Mis familiares y uno que otro amigo son los que de vez en cuando me dicen Andre. Ahora, yéndonos a los sobrenombres característicos, creo que destacan tumba-cocos (en sexto grado era la más alta de mi salón, entre niñas y niños) y negra. El “negra” todavía se utiliza, sí. Oh, y por un breve período de tiempo me llamaron Caztraitor. No duró mucho.

Funny fact, cuando era pequeña yo anhelaba un sobrenombre de verdad. Ahora no hay algo que me tenga con menos cuidado.

Repartiendo Arañazos


Lo que fueron el 2009 y el 2010 entran como mis años de transformación. Y es lo típico: Fueron los años en los que pasé a bachillerato. Ya no era una mocosa (o al menos yo no me creía una, pero de todos modos creo que inclusive sigo siéndolo), tenía unas pocas razones más para enseriarme y bueno, la pubertad llegó a mí. Con la pubertad no sólo le di a regañadientes la bienvenida a las espinillas, las hormonas y los cambios, sino a muchos pensamientos nuevos que entraron a mi cabeza.

Uno de ellos fue lo que yo llamo pseudo-feminismo. Pero alto, que esté hablando así del feminismo no quiere decir que a estas alturas no sea feminista, porque lo soy. Sólo que tenía un concepto obsesivo acerca de lo que es ser niña/mujer/adolescente-con-dos-cromosomas-X.

Básicamente me caía mal cada ser que caminara sobre la tierra con tres cositas colgando entre las piernas. Vale destacar que ahora es prácticamente lo contrario (los varones son lo mejors), pero así era yo.

Y lo peor, era del tipo agresiva. Era como que me-miras-te-muerdo, y la cosa iba en serio. Un par de mis compañeros de clases tienen cicatrices de lo que les hice con mis uñitas de gatubela. Yo en serio pensaba que tenía razones para ello. Con decirles que no me caía para nada bien ninguno de los muchachos que ahora son mis amigos y que, en especial, odiaba con toda mi mente a el que actualmente es mi mejor amigo. Irónico, ¿eh?

No me quemen en una hoguera.

Lo gracioso es que ahora pienso en cómo era y si no me golpeo contra la pared o me doy tal facepalm que me atravieso el cráneo, es porque confío en que arrepentirse del pasado no lo va a cambiar. Además, quién sabe, sin ese episodio en mi vida probablemente no sería quien soy ahora. Y me gusta quien soy ahora. Por lo menos ya se esfumó gran parte de mi reputación como Caztraitor (mi amigo LD me colocó el nombre como si se tratara de una supervillana castradora con tales garras que harían que Freddy Krueger se sintiera orgulloso).

Y bueno, esa fue una de mis confesiones que no cuenta tanto como confesión porque casi todo el que me conoce lo sabe, jé.