Travesuras
de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa.
Mi
historia con este libro comienza a principios del año, más o menos en enero de
2012. Una prima vino de regreso de Colombia y me ilusionó con algunos libros
que me traería prestados. Entre ellos estaba este, Travesuras de la Niña Mala.
A la final hubo cierto problema con el peso de su valija y fue imposible que me
trajese los libros que me dijo. Sin embargo, siguió recomendándome una y otra
vez este libro junto con algunos otros que para ser sincera no he leído a estas
alturas. Lo tengo anotado en mi lista de propósitos.
Admito que
se me olvidó leerlo muchas veces, hasta que lo vi en la librería de un centro
comercial y de una vez comencé a buscar sinopsis. Me interesó al momento en que
descubrí que la historia no se desarrollaba en Perú, sino en París. O al menos
la mayoría del libro. Cerca de un mes después, más o menos en abril, lo compré.
Tardé
cerca de una semana en leerlo, cuando había poderlo devorado en un par de días.
No por malo, no por pesado, sino porque me gustó tanto que me traía una
sensación de querer dejar un poquito para más tarde. Fue sensacional. Como al
resto de los libros que me cautivan tanto, le coloqué señaladores en las partes
que más me gustaron y seguí releyéndolas tarde por las noches hasta unos dos
meses después. Luego, tuvo un lugar permanente en mi biblioteca.
Ya volviendo
al presente, cierto amigo importante (que no
es mon petit ami, debo todavía
aclarar) me recordó el libro. No porque él supiera acerca de su existencia,
sino por una conversación medio trivial y medio con trasfondo serio acerca de
Santa Claus y el comportamiento que debes tener para recibir regalos. Aten
cabos con el título del libro, a ver. El asunto es que recibí, sin querer, un
pequeño apodo que tiene que ver con ello (sí, y no es tan cliché).
Eso me
llevó a redescubrirlo. Y, adivinen qué. Desde entonces, hace más o menos tres
días, siento que no puedo parar de hablar (pensar) como el querido pichiruchi, no puedo parar de pensar en
algunas cosas y cada vez que mi memoria tiene la oportunidad, recuerdo algún
pasaje del libro. Es como vivir en ese mundo de nuevo. Tampoco he sabido si
tengo que amar u odiar a la niña mala. Gracias, querida indecisión.
La
curiosidad me picó hace un par de días y revisé en mi querido amigo Google si
tan maravilloso libro estaba traducido al inglés. Y el resto es historia.
Con tan
sólo el título, me sentí mal por los angloparlantes que definitivamente no
podrían disfrutar de una lectura tan exquisita como resulta en el castellano.
De por sí cambiaron el título a The Bad Girl, cosa que en realidad no cuadra
mucho. Me pregunté una y otra vez cómo llegarían a traducir expresiones en
chiquito, como me gusta llamarlas. Chilenita, peruanita, pechitos, zapatitos,
pichiruchi, zonzito, delgadita y todas aquellas otras palabritas curiosas que
se pueden encontrar en las líneas de Travesuras de la Niña Mala. Traductores,
espero que no hayan hecho un mal trabajo del todo. Todavía hay esperanza.
Y eso me
llevó a pensar dos cosas. Primero, que los libros hay que leerlos en su idioma
original (probablemente una de las tantas razones que tiene mi subconsciente
para hacerme querer aprender semejante montón de idiomas). Segundo, que no
puedo estar más orgullosa de hablar castellano. Y como una cosa lleva a la
otra, también pensé qué es lo que me gusta tanto de mi propio idioma además de
la fonética y llegué a la siguiente conclusión:
Me
encantan las palabras con adornitos.
Y con
adornitos me refiero a las tildes y apóstrofes.
Descubrí,
también, que seguramente esta es una razón enorme además de la mencionada
fonética por la cual me entusiasmó más aprender francés que inglés. El francés
es una lengua cuya pronunciación me encanta, me parece romántica y delicada, pero
eso no explicaba el hecho de que me gustase tanto escribir l’après-midi, o que
me enamorara del acento circunflejo (el amiguito que se aprecia en el verbo
être). La ortografía me parece cautivante a pesar de que sea una pesadilla
aprenderse los lugares exactos de los acentos, y eso aunque mi profesora diga
que uno aprende a deducir eso from the
heart.
Salgo de
esto con tres cosas seguras. Primero, seguiré amando Travesuras de la Niña Mala
por el resto de mi vida. Segundo, amo hablar castellano. Tercero, cada quién
debería buscar razones para amar su lengua madre, porque definitivamente las
hay. Yo puedo adorar las palabras adornadas y la fonética delicada-romántica,
pero otros pueden odiarla.
Como diría
mi mamá, entre gustos y colores no han escrito los autores.
