miércoles, 26 de diciembre de 2012

Palabras Adornadas


Travesuras de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa.

Mi historia con este libro comienza a principios del año, más o menos en enero de 2012. Una prima vino de regreso de Colombia y me ilusionó con algunos libros que me traería prestados. Entre ellos estaba este, Travesuras de la Niña Mala. A la final hubo cierto problema con el peso de su valija y fue imposible que me trajese los libros que me dijo. Sin embargo, siguió recomendándome una y otra vez este libro junto con algunos otros que para ser sincera no he leído a estas alturas. Lo tengo anotado en mi lista de propósitos.

Admito que se me olvidó leerlo muchas veces, hasta que lo vi en la librería de un centro comercial y de una vez comencé a buscar sinopsis. Me interesó al momento en que descubrí que la historia no se desarrollaba en Perú, sino en París. O al menos la mayoría del libro. Cerca de un mes después, más o menos en abril, lo compré.

Tardé cerca de una semana en leerlo, cuando había poderlo devorado en un par de días. No por malo, no por pesado, sino porque me gustó tanto que me traía una sensación de querer dejar un poquito para más tarde. Fue sensacional. Como al resto de los libros que me cautivan tanto, le coloqué señaladores en las partes que más me gustaron y seguí releyéndolas tarde por las noches hasta unos dos meses después. Luego, tuvo un lugar permanente en mi biblioteca.

Ya volviendo al presente, cierto amigo importante (que no es mon petit ami, debo todavía aclarar) me recordó el libro. No porque él supiera acerca de su existencia, sino por una conversación medio trivial y medio con trasfondo serio acerca de Santa Claus y el comportamiento que debes tener para recibir regalos. Aten cabos con el título del libro, a ver. El asunto es que recibí, sin querer, un pequeño apodo que tiene que ver con ello (sí, y no es tan cliché).

Eso me llevó a redescubrirlo. Y, adivinen qué. Desde entonces, hace más o menos tres días, siento que no puedo parar de hablar (pensar) como el querido pichiruchi, no puedo parar de pensar en algunas cosas y cada vez que mi memoria tiene la oportunidad, recuerdo algún pasaje del libro. Es como vivir en ese mundo de nuevo. Tampoco he sabido si tengo que amar u odiar a la niña mala. Gracias, querida indecisión.

La curiosidad me picó hace un par de días y revisé en mi querido amigo Google si tan maravilloso libro estaba traducido al inglés. Y el resto es historia.

Con tan sólo el título, me sentí mal por los angloparlantes que definitivamente no podrían disfrutar de una lectura tan exquisita como resulta en el castellano. De por sí cambiaron el título a The Bad Girl, cosa que en realidad no cuadra mucho. Me pregunté una y otra vez cómo llegarían a traducir expresiones en chiquito, como me gusta llamarlas. Chilenita, peruanita, pechitos, zapatitos, pichiruchi, zonzito, delgadita y todas aquellas otras palabritas curiosas que se pueden encontrar en las líneas de Travesuras de la Niña Mala. Traductores, espero que no hayan hecho un mal trabajo del todo. Todavía hay esperanza.

Y eso me llevó a pensar dos cosas. Primero, que los libros hay que leerlos en su idioma original (probablemente una de las tantas razones que tiene mi subconsciente para hacerme querer aprender semejante montón de idiomas). Segundo, que no puedo estar más orgullosa de hablar castellano. Y como una cosa lleva a la otra, también pensé qué es lo que me gusta tanto de mi propio idioma además de la fonética y llegué a la siguiente conclusión: 

Me encantan las palabras con adornitos.

Y con adornitos me refiero a las tildes y apóstrofes.

Descubrí, también, que seguramente esta es una razón enorme además de la mencionada fonética por la cual me entusiasmó más aprender francés que inglés. El francés es una lengua cuya pronunciación me encanta, me parece romántica y delicada, pero eso no explicaba el hecho de que me gustase tanto escribir l’après-midi, o que me enamorara del acento circunflejo (el amiguito que se aprecia en el verbo être). La ortografía me parece cautivante a pesar de que sea una pesadilla aprenderse los lugares exactos de los acentos, y eso aunque mi profesora diga que uno aprende a deducir eso from the heart.

Salgo de esto con tres cosas seguras. Primero, seguiré amando Travesuras de la Niña Mala por el resto de mi vida. Segundo, amo hablar castellano. Tercero, cada quién debería buscar razones para amar su lengua madre, porque definitivamente las hay. Yo puedo adorar las palabras adornadas y la fonética delicada-romántica, pero otros pueden odiarla.

Como diría mi mamá, entre gustos y colores no han escrito los autores.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Lana del Zzz.


Musicalmente, no tengo gustos tan amplios como me gustaría tener. En realidad no soy muy crítica ni me califico de melómana o algo parecido, soy una persona corriente que aprecia la música como la apreciaría cualquier otro muggle.

(Aunque esta muggle tenga la esperanza de no serlo)

Sin embargo, aprecio aquel tipo de música que es capaz de transportarte. Está claro que esto cambia de acuerdo a cada quien, de las experiencias que ha vivido y de con qué sea capaz de relacionar la melodía, pero les prometo que esto en mí es de lo más básico.

Y aquí llega mi no-amiga Lana del Rey.


No voy a ser demasiado crítica (nunca lo soy en estos aspectos), pero lo que transmite Lana es inigualable. Hay música que te lleva al futuro o que es capaz de traerte a la mente cosas que no recordabas, pero escuchando a Lana me ocurre algo muy distinto.

Primero, entro en un modo zombie que no juega trencitos. Segundo, siento como si estuviese viviendo en una época completamente distinta. Aquella época que te imaginas en sepia y con bordes desgastados. Además, vienen a mi mente recuerdos imaginados de veranos melancólicos que definitivamente jamás viví. Una nostalgia que no tengo que tener, pero entra allí de todos modos. Es como entrar en una mente que no es la mía.

No voy a decir que escucho a Lana del Rey como escucho a otros grupos que me gustan más. Probablemente solamente me digno a escuchar un par de canciones, pero admiro a la mujer. La admiro por su voz, la admiro por su estilo, la admiro por lo nostálgica, melancólica y vintage que puede parecer y la admiro por lo que su música me hace sentir e imaginar. Gracias por la inspiración, Lana.

Summer’s in the air but baby heaven’s in your eyes.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Diciembre


Probablemente cuando menciono la palabra diciembre, a todo el mundo se le vienen a la cabeza imágenes de la cena navideña, un arbolito, bambalinas, e infinidad de cosas que llevan a todos a una misma palabra: Navidad. En mi caso, se me vienen a la cabeza los fuegos artificiales de año nuevo. Díganme hipstah.

No por ello soy un grinch, pero de eso hablaré en otra entrada. Creo.

El punto es que la felicidad de diciembre sólo llega después de las vísperas de navidad, o sea el día veinticuatro. Antes, todo es un desastre que se resume a tres cosas: compras, gente y colas. Así de simple. Seré más específica. Vamos con la primera fecha: vísperas de navidad.

Navidad significa todo el mundo pensando lo mismo. Todo el mundo pensando lo mismo significa ropa. Ropa significa tiendas. Si todo el mundo está pensando en ropa y ropa significa tiendas, todo el mundo estará en tiendas consiguiendo ropa. Eso es igual a gente. Gente significa colas.

Más claro imposible.

Pienso que todos somos unos masoquistas. Sobre todo lo son aquellos ilusos que piensan que van a poder entrar a una tienda en fechas decembrinas y salir sin calarse la cola del año aunque sólo vayan a comprar un pantalón. Es imposible. Por eso, me gusta pensar que para las compras navideñas uno tiene que ir en modo zen.

El problema de esto está en que no todos piensan igual en cuanto al zen. Entonces el asunto deja de ser el calarse la cola y comienza a ser calarse a la gente. Gente que grita, gente que va por el mundo respondiendo feo, gente que pasa treinta años en la caja, gente atravesada, gente regañando a sus hijos, y los que más me hacen perder la paciencia: La gente que camina lento.

También es que a mí de verdad me gusta caminar apresurada, pero hay gente que es el polo opuesto. Coño, bien si van tranquilos por la vida, pero hay personas con complejo de Flash (yo) detrás.

Al punto. Si vas a hacer compras navideñas, tanto de ropa como de comida para la cena (que se me había olvidado mencionar), asume de una vez que no va a ser como si fueras a comprar en Junio. Va a ser un completo desastre y te lo tendrás que calar. Recomiendo el zen y que después te compres un helado para pasar la rabia.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Cosas de niñas.

Un fenómeno muy extraño en la porción con dos cromosomas X de mi salón de clases se da cuando todas hablamos. O pongamos que no todas, más o menos la mitad.

Para explicarlo mejor, hay veces en que a una especie de lazo femenino le da por unirnos aunque no nos llevemos realmente bien. Esto normalmente pasa en las clases que vemos separados niñas de varones (laboratorio de biología y e.f). Como somos todas niñas, lo más normal es que cuando hablamos salgan temas de niñas, que van desde lo horrible que son los dolores menstruales hasta el tema más popular a esta edad: Novios.

Novios, enamorados, culitos, cuadres, el que te está cayendo pero no le paras, al que le caes pero no te para, amigos con derechos, el típico hay todo pero no hay nada. Hay infinidad.

Lo gracioso del caso es que la mayor parte de mis compañeras tiene para relatar al menos un caso de novios, y yo sólo puedo contar mis romances fallidos de primaria. Y no, en realidad no es tan triste como suena (sobre todo porque no soy la única). Entonces suele darme risa, porque siempre existe la compañera que ha tenido más de cinco novios y no llega a los 16 años. Arrasannnnndo.

Les contaré mis romances fallidos.

Primero, cuando estaba en preescolar (4-5 años) me gustaba el hermano mayor de una de mis amiguitas. No era de extrañar: Era el único niño rubio de ojos verdes que conocía. Funny Fact: Todavía estudia en el colegio. Luego, cuando pasé a segundo grado (7 años) me gustó un compañero llamado Jorge. Me acuerdo que un día me dio por ponerme romántica, agarré un marcador rosado y escribí en mi pared Jorge y Andrea encerrado en un corazón. Tan empalagosa yo. Él me gustó como hasta 4to grado. Recuerdo que se fue de la ciudad, pero no me dolió ni un poquito. Descubrí que en realidad no me gustaba tanto.
Luego estuvo otro compañero llamado Néstor. El me gustó más o menos en 5to grado (10 años). También se fue del colegio, pero tampoco sufrí. Después de él me gustó otro niño llamado Álvaro, eso ya cuando tenía once años.

En 7mo grado no recuerdo que me haya gustado nadie en realidad, probablemente mi cabeza estaba en otras cosas y mi etapa de enamorada hormonada con patas había pasado, pero en 8vo me gustó Jorge (sí, el mismo Jorge del otro párrafo que todavía estudia conmigo). Y también hay otro asunto que no voy a contar ahora.

En realidad no me da pena admitir que me gustaron todos esos niños: Era una niña. En niñas es normal que pasen estas cosas, así que no sé cuál es el drama de otras muchachas en admitir quién le gustó. Ahora, cuando se habla de presente y no de pasado es distinto, allí es más complicado admitir cosas.

Una cosa que aprecio mucho entre nosotras las portadoras de dos cromosomas X es que cuando llega el momento de hablar de cosas de niñas así sea todo un simple drama sin sentido, todas nos volvemos amigas. Y me refiero a amigas amigas, cuando de verdad las sientes como tal porque te aconsejan y te ayudan como lo haría una amiga de verdad. Entonces sentirse comprendida pasa a ser algo muy simple, aunque sea con quien menos pensaste.

Por eso, yo estoy a favor de hablar cosas de niñas aunque sea con chicas que no te caen bien. Se convierte en algo productivo.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Terminó la saga.


(Ahora me la tiro de crítica de películas. Mentira)

No lo voy negar, sería hipócrita si llegara muy campante diciendo que soy una hipster a la que no le gusta Twilight, porque yo (al igual que una muy buena parte del mundo) tengo un pasado oscuro de hormonas vampíricas. Sin embargo mi pasado de hormonada no fue tan hormonada, porque leí primero los libros, aunque la intención terminó siendo de la misma. Hipster si fui al enamorarme de Jasper (aunque más de Jackson Rathbone que de Jasper como tal, pero a quién engaño, es mi personaje preferido) en lugar de andar como tremenda fanática en plan de ¡TEAM JACOB! O alguna de esas mariqueritas.

Total, leí los libros, vi la primera película en mi casa (en DVD y con una calidad asquerosa) y de allí para adelante las vi en el cine pensando que valdrían la pena. En ese pedacito de tiempo entre Twilight y New Moon, me leí toda la saga. Creo que tardé como una semana o algo, y tengo que agradecerle bastante, porque aunque ahora me suene un poquito patético fue la saga que me introdujo a la lectura. En ese momento no me sentía culpable primero porque tenía como once años y segundo porque todavía no estábamos en medio del boom, o no aquí en Venezuela. Aquí las modas llegan como que un poquito tarde. Pero antes de que se alarmen, ahorita no soy fan. Si quise seguir viendo todas las películas fue por una especie de trato conmigo misma de terminar lo que comencé, algo así como una mini-tradición.

En fin. New Moon me pareció una reverenda merde (me traumó el hecho de que los lentes de contacto se vieran tan falsos), Eclipse fue más aceptable y de Breaking Dawn no me acuerdo qué opinión exacta tuve. Sólo sé que ahora pienso que la mitad de la película fue puro cebo.

Mi experiencia con Breaking Dawn II se resume entre el sábado y el domingo pasados. Primero, el sábado fuimos a un centro comercial dos tías, una prima y yo con la esperanza de ver la película. El problemita estuvo en que mi prima tiene doce años y la película es clasificación B. Cuando mi tía quiso comprar las entradas, el tipo le pidió la cédula de mi primita y fue como que “¿Sabes qué? Olvídalo chamo”. Bien triste. Total, pasamos como tres horas metidas en tiendas de ropa.

El sábado en la noche quedé con Dayana (mejor amiga) en que la íbamos a ver. En realidad habíamos quedado en verla el viernes, pero a las dos se nos olvidó y yo tuve que ir a una verbena en un parque de diversiones donde el único juego aprovechable para los que tenemos más de ocho años, son los carritos chocones. Esa es otra historia.

A la final lo logramos y nos fuimos el domingo a otro centro comercial para ver la película. Y casualidad, nos conseguimos a las mismas tías y a la misma prima con la que yo andaba el día anterior. Y yo que pensaba que había suficientes centros comerciales en Maracaibo, y para colmo entramos a la misma función. Pero en fin.

Primero la película normal. Dayana y yo discutimos que la única diferencia que veíamos entre la Bella humana y la Bella bella es que la habían maquillado un poquito y le habían sacado/delineado las cejas. Además, estuve un buen rato riéndome de la cara de orgasmo de la mujer. Ah, y a mi madrina de le ocurrió decir que la Reneesmee virtual parecía Cicciobello. AHÍ SÍ ME PUDE REÍR.

(Cicciobello está enfermito daaaaale amoooooor)

Eso sí, sentarse conmigo y con Dayana en esa película era un suicidio para cualquier muggle que no hubiese leído la saga. Estábamos hablando hasta por los codos y riéndonos de chistes internos, todo porque leímos el libro. Ni siquiera nos molestamos en disimular, después de todo era Twilight.

Luego llegó la parte de la batalla. En cuando decapitaron a Carlisle comencé a pensar que la película era una caca y a cagarme en el director, el productor, los actores, toda vaina por cambiar la historia tan pero tan asquerosamente. Y todo eso mientras procuraba contarle la película a Gabo por BBM. Y después me reí y pensé que coño, se la comieron.

En conclusión, puedo decir que la película fue buena. Tuvo la acción que le faltó al libro y el giro del final (aunque al principio es hasta indignante) le da un buen toque a la trama. Como película, estuvo bien y uno termina adorando ese twist. Yo me reí mucho. Lo que sí critico es a Cicciobello, los efectos de mierda, la horrorosa pantalla verde en la visión de Zafrina y que el Vulturi líder sea tan… Creepy. Ah, y los lentes de contacto. Es decir, por amor a Zeus, se les veía el bordecito. Uy. Si la película hubiese tenido mejores efectos, definitivamente hubiese sido mejor.

Pero no me puedo quejar. Al salir de la sala comprendí el por qué dicen que la película es buena.

Funny Fact: El novio de mi prima mayor dijo que el Vulturi catirito se parecía a Nick, de los Backstreet Boys.

jueves, 22 de noviembre de 2012

¡Tortura no es Cultura!


Fue hace días, pero tengo derecho a quejarme:

Odio las corridas de toros.

Para explicarlo de mejor manera, lo pongo así: En mi ciudad se da algo llamado Feria de la Chinita, una  celebración dedicada a la Virgen de Chiquinquira, patrona del Estado Zulia. Eso ya es historia larga, pero una de las cosas que se celebra para la fecha son las tradicionales corridas de toros. No puedo estar más en contra.

En realidad se puede resumir mi odio como algo hacia cualquier clase de maltrato animal, sin limitarme solamente a las corridas de toros. En esto incluyo cosas tan “simples” como la pesca, porque no me parece algo adecuado. No es de humanos dañar a otro ser vivo, según yo.

¿Qué los animales se dañan y comen unos a otros? Sí. Pero ellos no piensan, actúan por instinto. No les queda de otra. Nosotros tenemos opciones y capacidad de tomar decisiones, gente, así que me parece que podemos usar un poquito la materia gris.

Esta es una de las razones por las cuales quiero ser vegetariana. ¿Qué no va a acabar con el maltrato animal? Cierto, pero al menos no seré parte de eso.

Y no quiero hablar de manera despectiva, para nada, pero este es uno de los puntos donde tengo opiniones más fuertes. De verdad, que basura la gente que disfruta en ver corridas de toros, peleas de gallos, caza. La naturaleza está para admirarla, no para hacer burla de ella y destruirla. En serio, en serio, que asco. Asco con quienes lo apoyan.

Matar no es arte. Tortura no es cultura.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Hueles Rico


Adoro el perfume. O más que el perfume en sí, adoro cuando la gente huele a perfume o simplemente huele bien. A perfume, splash, desodorante, jabón, shampoo, lo que sea. Me gusta drogarme con el olor de la gente y si hueles bien, no dudes que te lo voy a decir.

Para mí eso es importante, el que la gente huela bien. Sea hombre, sea mujer, cualquier vaina. De hecho no sé cómo es que estoy acostumbrada al suculento aroma a orangután que dejan mis compañeros varones en el salón cuando regresan al salón de clases luego de Educación Física. De paso, a los antojosos les da por abrazar a una y usarla de servilleta.

Prefiero que me abracen cuando huelen a perfume, allí sí es chévere. Por dar un ejemplo, mi amigo LD utiliza One Million. Pregúntenle cuántas veces al día lo abrazo. Me encanta cómo huele el One Million.

Los perfumes de hombre son droga, en serio. Cuando estoy en algún sitio y me pasa al lado un chico que huele bien, es inevitable voltear y pensar “Hola vale”.

Y bueno, que a mí me guste oler bien es más bien por amor propio, aunque tengo compañeros que me reclaman cuando no utilizo perfume porque no se pueden drogar.  Tal vez también es heredado, mi madre es de esas mujeres que prefiere estar despeinada o sin maquillaje antes que sin perfume.

En fin. Cuando hueles bien, atraes. Lo que sea, pero atraes. Al menos para mí, los perfumes son drogas magnéticas que me harán querer abrazarte si me gusta. Fin.

Hombres, aprendan a oler bien todo el tiempo. Es importante.

martes, 13 de noviembre de 2012

Lo que pare tu llanto.

A veces la gente se pasa de insistente y terca.

Por ejemplo, cuando te preguntan algo. Si te preguntan es porque se supone que tú sabes, ellos no y quieren saber, pero solamente pareciera que quisieran contradecirte. Te preguntan, respondes, y te salen con que no porque equis razón. Sabes que están equivocados, tratas de explicarles, no se dejan y de paso tratan de explicarte a ti el por qué ellos "tienen razón".

Entonces uno (o por lo menos yo) entra en lo que yo llamo el modo Ay sí mi vida, lo que te haga feliz. Los mandas a comer alfalfa, a freír monos, a ver si la gallina puso el huevo, todo con el fin de que te dejen en paz de una vez por todas.

Ese es el tipo de gente que me saca la piedra y me revuelve los apellidos. Sépanlo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Consecuencias de ser una completa ilusa.


A la gente le gusta decirme que siempre parezco estar enamorada/despechada. Como si siempre me pasara algo y estuviera en las nubes, al mejor estilo nefelibata. A veces yo misma me lo creo.

No es porque esté enamorada/despechada, nada que ver, sino que me tomo las cosas muy en serio, me ilusiono fácil y tiendo a imaginarme muchas cosas. Tanta variedad de pensamiento y tantas estrelladas con la realidad son suficiente razón como para estar siempre en las nubes. Es como si siempre volviera a caer al mismo pozo de sueños pisoteados, por idiota e infantil que suene, porque así me siento de vez en cuando.

Tómenlo como que me vuelvo una niña sentimental con SPM sin necesidad de estar en mi periodo. Y no es simple, porque todo eso me hace sentir como una mierda la mayor parte del tiempo. Y si esto es siendo común y corriente, créanme que no me imagino estando despechada/enamorada. Aunque quién quita y sea más simple, así me lastimaría la realidad y no yo misma.

Cuando digo que me quiero esconder bajo mi cama, estoy así. Cuando digo que los odio a todos, estoy así. Cuando me pongo seca y no quiero hablar, estoy así. Y la peor y más frecuente de todas: Cuando ando como un zombie perdido que le pide abrazos a todo el mundo.

Para mí ya es medio normal estar así. Ni me esfuerzo demasiado en estar feliz (o aparentarlo) cuando en realidad me siento como una mierda, me sale solo. Simplemente sepan que soy dramática, idiota y más sensible de lo que me gustaría ser aunque aparente siempre estar alegre y cero drama. De todas maneras, me pongo así por casi cualquier cosa. Por eso es que mis poemas en literatura suelen ser tan cortavenas, despechados y sensibles: Porque aunque la mayor parte de mí ser esté rebosando de alegría, al menos un mínimo pedacito se siente como una mierda.

Tal vez por eso también me gusta creerme escritora: Explorando un poquito en mi ser puedo convertir la causa de mi sentimentalismo en la supuesta realidad de alguien más, aunque todo sea imaginario. Es una manera de reconfortarme. 

Así que no, gente, no estoy despechada ni enamorada. De ser así hubiese nacido con despecho.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sí, me estoy quejando.


Agárrense que me voy a quejar, pero me voy a quejar de las mujeres.

Mujeres, niñas, chicas, muchachas, chamas, da igual. Hay actitudes que no entiendo, aunque yo misma sea una mujer/niña/chica/muchacha/chama. Simplemente necesito desahogarme.

Que se quiten los zapatos en las fiestas. Esto, Zeus, esto es probablemente lo que más rabia puede darme. El simple hecho de que una tipa llegue entaconada a una fiesta, sea alta o sea bajita, sean tacones exageradamente altos o con plataforma de tres centímetros, significa que tiene que salir de esa fiesta con los mismos zapatos, sin habérselos quitado una sola vez. Sé que es una perdición total andar con esos tuerce-tobillos por no sé, cuatro, cinco, seis horas, pero no pierdan el glamour de esa manera. Las únicas con derecho (y ni siquiera) son las mayores de cincuenta que no aguantan. De resto, este es mi consejo: Amiga, no utilices tacones altos si sabes que no los vas a soportar. Trágate el dolor y no te los quites.

Cuando van maquilladas a clases. Ojo, no me estoy refiriendo a las ojerosas mapaches zombis que tienen dignidad y son mejores amigas del corrector (ejem, ejem), sino a aquellas que exageran. Se levantan tempranito por la mañana y no han terminado de salir del baño cuando ya tienen puesta la base, el polvo, el blush, el delineador, la máscara para hacerle pestañitas al chamo que les gusta, el labial y el brillo. Zeus, sálvalas. Chicas, van a clases. No sorprenden a nadie. Yo, por lo menos, a las seis de la mañana tengo ganas de cualquier cosa antes que de ponerme tres kilos de maquillaje encima, por eso es que por la mañana parezco un mapache-zombie pálido y ojeroso. Sobre todo si ese día tengo educación física. Las que viven maquilladas deberían tomárselo así: Van a ver a las mismas personas de todas las mañanas, a los mismos chamos de todas las mañanas. Si las ven maquilladas todos los días, no habrá ni rastro de sorpresa cuando las vean en otra ocasión. ¿Para qué diablos arreglarse? Vas al colegio, no a un desfile. Conserva el complejo de Drag Queen para otra ocasión.

Cuando no disimulan. A fulanita le gusta un chamo. Todo el mundo lo sabe pero fulanita no sabe que los demás lo saben. ¿Por qué pasa esto? Por no ser discreta. Lo peor es cuando fulanita se queja de que son unos metiches cuando en realidad, es su culpa. Bájale dos y si tienes problema con que se enteren de tus cuestiones con los demás, pues aprende a disimular. Si tu problema es que hablen de ti, estás perdida. Siempre va a haber alguien que piense alguna cuestión que no es.

Que traten de aparentar ser algo que definitivamente no son. Cosas que pasan, vale, pero no puede ser que sean tan drásticas. De un día para otro creen ser algo que no son, tipo fanáticas enloquecidas de algún grupo musical sólo porque fulanito le dijo que son buenos. Lo peor es cuando están decididas a lograrlo y ellas mismas se lo creen. No sé si eso da pena, da miedo o simplemente la chica es una actriz muy buena. Peor es cuando cambian todo el estilo que podían tener y de la noche a la mañana son completamente distintas en la manera de vestirse. Los cambios no son tan drásticos ni se dan tan rápido, eso requiere tiempo. Uh, y es increíble cuando tratan de imitar a una persona. Traten de ser ustedes mismas, chao a lo superficial.

Y ya no escribo más, que si sigo no me detengo.

domingo, 14 de octubre de 2012

Muéranse.

Odio cuando me acusan de ser algo que no soy. La cosa se pone peor cuando me acusan de ser manipuladora o interesada, porque no lo soy. No manipulo porque no me gusta que me manipulen, no soy interesada porque no me gusta la gente que es así. No tengo a nadie de segundo plato porque no me gusta ser segundo plato de nadie. Al menos tengo moral y no hago esa clase de cosas cuando vivo pensando en lo horrible que es el hecho de que algunas personas lo hagan. Ah, y si es posible, empeora cuando me juzga alguien que se supone me conoce. Se siente como una basura. Y más cuando todavía hay gente que pretende comprender de qué me quejo, pero no. Asco de vida. Muéranse.

domingo, 7 de octubre de 2012

Dos tipos de personas.

El mes pasado hice mucho algo que tenía tiempo sin hacer: Comer hamburguesas. Y no me refiero a hamburguesas normales, sino a hamburguesas de McDonald's. Me excuso diciendo que estaba de viaje con mi familia, no sabíamos que lugares eran buenos para comer en esa ciudad y siempre terminábamos en el mismo McDonald's. Eso por tres días seguidos.La cuestión es que me entretuve mirando a la gente y comencé a diferenciar entre dos tipos de personas.

Primero están los que desenvuelven a la hamburguesa del papel encerado y lo extienden en la bandeja. Después están los que no le quitan el papel sino que lo dejan en la parte inferior de la hamburguesa. Toda mi familia es del primer tipo y yo soy la única negra que se come la hamburguesa de la segunda manera.

Tenía que decirlo.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Efecto Tumblr.


Todos conocemos la red social, o al menos eso creo. Supera a Facebook, supera a Twitter, y de paso tiene el poder majestuoso de jugar con tus emociones.

…Y con tu estómago también.

Últimamente paso mucho tiempo sola en mi casa. No he entrado a clases y los míseros restos de las vacaciones me he dignado a pasarlos durmiendo, escuchando música, haciendo origami, una que otra vez escribiendo, leyendo y en Tumblr. Y Tumblr tiene poder, señores, poder del feo.

En Tumblr encuentras de todo. Las ochenta mil casas que quieres tener, los lugares en que quieres estar, el novio que te gustaría tener, las cosas con las que te identificas, las cosas con las que se identifican los demás, y encuentras comida. Y porno también, pero más importante es la comida. Al mejor estilo de que acabas de comer, entras en Tumblr y el hambre atroz que te da no es nada normal. Y como un zombie caminas a la cocina, abres el refrigerador, te das cuenta de que no vas a encontrar la cosa sabrosa que viste en la imagen, cierras el refrigerador y vuelves a caminar como zombie hasta tu cama.

Y si Tumblr te agarra sentimental, es de lo peor. De pronto el dashboard se te llena de imágenes y gifs de gente abrazándose, gente besándose, gente haciéndose cariñitos y entonces miras a los lados y en lugar de encontrarte a alguien te encuentras a un peluche. Triste realidad que cae como una cubeta de agua fría en la cara.

Aun así por lo menos yo soy una masoquista y sigo en tumblr aunque esté infestado de todas estas cosas que juegan conmigo, desde mi estómago hasta mis sentimientos y mi capacidad de pensar estoy-sola-en-el-mundo-nadie-me-quiere-voy-a-morir-sola-con-diez-pastores-alemanes. Y el efecto se multiplica por mil cuando comienzo a escuchar cierta música que me toca el alma (Sway – The Kooks).

Sí, creo que me hace falta un abrazo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

¡NUES-TRA!




Sí, sí, la bandera al inicio de la entrada debe parecer un poco intimidante, pero ¡no se vayan! Tampoco es que voy a descargar todo mi orgullo patriótico en una entrada de blog, porque mi país merece más que eso. No quita que tal vez algún día lo haga.

Últimamente todo el mundo habla de mi país por los eventos a ocurrir el domingo de la próxima semana. Que si Venezuela por aquí, que si Venezuela por allá, porque todo el mundo se emociona por el país aunque estén fuera de este. Digamos que el orgullo del venezolano es un poquito grande en comparación con otras cosas. Y todo este revuelo se va a dar por unas votaciones, porque todo se reduce a eso.

En realidad no tengo mucho que decir. Sonaría muy hipócrita si se me ocurre gritar a los cuatro vientos que estoy a favor de equis candidato a la presidencia, porque en realidad la política está en el fondo de mis temas a tratar. No soy la persona más indicada, sobre todo porque a penas tengo una idea específica en lo que a ideología política respecta. La misma palabra política me da escalofríos, ew.

Pero al fin y al cabo soy venezolana. Venezolana orgullosa como cada uno de los seres nacidos en este pedazo de tierra. Y como cada habitante de cada país, quiero que avance a la velocidad de la luz, sea cual sea el camino a seguir. Eso sí, tengo claro lo que nos conviene, porque no soy realmente idiota.

Y como menor de edad que por desgracia no puede votar, digamos que dedicaré la semana que viene  a mi país por medio de una de las cosas buenas que la gente de por acá ha sabido hacer: música. Por eso, el título hace alusión a cierta canción de cierto grupo nacional (cofcofRadio Capital – La Vida Bohèmecofcof). Digamos que es mi manera de demostrar la esperanza que tengo por mi país. No me voy a dar mala vida. Esta es nuestra fiesta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

WTF.


Ayer estábamos en el carro y no recuerdo de qué estábamos hablando exactamente (creo que era algo con respecto a mis clases de francés), pero mi hermanita de once años dijo what the fuck tres veces. De acuerdo, las primeras dos veces exploté de la risa y si hubiese habido suelo donde revolcarse, no habría lugar a dudas de que me hubiese reído hasta morir. Ya para la tercera vez mi mamá me lanzó una de esas miraditas de “Haz de hermana mayor, Andrea” y no me quedó de otra. Le expliqué qué significa la expresión y ella prometió no volver a decirla, aunque yo sé que de todos modos la dirá cuando no esté con la familia. Lo sé porque eso mismo hacía yo. La cuestión es que después, pensando en la igualdad entre hermanos, me acusó:

—Mami, Andrea también lo dice.

Seguro. Ella me copia todo. Nadie quita que no me haya copiado el what the fuck que se me sale de vez en cuando en los momentos en que, estando sola, comienzo a hablar spanglish. Mi mamá me miró con una ceja en alto y le dije que sí, que sí la decía de vez en cuando. Ella hasta concordó en que suelo colocar las siglas WTF una que otra vez en twitter.

No soy una santa ni una dama antigua, digo groserías. Se me salen. Sobre todo cuando estoy con mi grupo (algunos de ellos sueltan groserías y maldiciones como si fueran camioneros), son frecuentes. Pero ahora que lo pienso, ¿de qué se quejan los padres? Estos días he estado pasando por el colegio a buscar a mi hermana y cuando rodeo al patio, escucho por lo menos diez groserías que sueltan los niños de primaria que quieren sentirse mayores. Sé que mi hermana también lo hace, es obvio. La generación está podrida tanto en vocabulario como en ortografía.

No ntiendn k skribir haci no s atrktibo. Menos cuando intercalan mayúsculas con minúsculas y números, sin contar el hecho de que se les olvida que existen los signos de puntuación, los acentos y las diferencias entre b y v. Todo se vuelve un revoltijo ilegible, pero los niños creen que es cool.

Y tampoco quieren entender que teniendo diez años, las groserías no hacen nada porque se vean mayores. Cuando yo tenía su edad, me sentía malota cuando decía vaina, o alguna de esas groserías que en realidad no sé por qué se catalogan así por lo leves e inofensivas que son. Espero que cuando crezcan se den cuenta de que tantas palabrotas en una sola oración no los hace ni más experimentados ni mayores ni más geniales, sino todo lo contrario. Ya se estrellarán solitos.

Y hay oraciones que no quedan bien sin groserías, pierden el sabor y el toque. Sobre todo cuando insultas a alguien. Eso se multiplica por cien cuando vives en mi ciudad, donde a quien no se le escape una grosería en un día se merece una reverencia. Creo que sé moderarme, no dependo mucho del vocabulario y sé insultar sin palabrotas. De hecho, eso deja a la gente con una mejor cara de perdidos. Es genial, deberían intentarlo.

Los padres no deberían estar tan confiados de que sus niños son unos santos, pues sólo los conocen cuando están con ellos. Es un comportamiento totalmente distinto al que muestran en el colegio. Esta generación ha practicado mucho el uso de las dobles caras, ya deberían haberse dado cuenta.

martes, 25 de septiembre de 2012

Decídete, tonta.


Crecer es más o menos todo acerca de decisiones, ¿huh?

No lo voy a negar. Hay decisiones por todos lados, condenadas piedritas en el camino y mosquitos en el parabrisas que no te dejan seguir el camino en paz. Todo gira alrededor de eso.

Así como cuando vas a casa de algún familiar/persona conocida de tus padres que con suerte sabes cómo se llama y por unos escasos pero fastidiosos minutos tienes la atención. Te vuelves un puntito al que apuntan un montón de flechas y te comienzan a preguntar cualquier clase de cosas y por lo menos una involucra una decisión. Es como que ¿Tienes novio, Andrea? ¿Qué te gusta hacer, Andrea? ¿Entonces ya eres franela beige, Andrea? ¿Qué quieres estudiar, Andrea?

Muéranse todos.

Porque no sé. Sí, la mayor parte de las preguntas son de sí-no, pero las (la) que no es la que me tiene ahora mismo con un dolor de cabeza que me hace sentir como si lo que ocurriera fuera que mi cerebro estuviese teniendo un colapso al estilo Ciencias vs. Humanidades. Y no se siente divertido, señores, es un boom de los malvados. Debo agradecer que corro con la suerte de que en el colegio donde estudio no es como si pudieses elegir entre ciencias y humanidades, sino que te vas por ciencias y ya. Una decisión que me ahorro, y que bien, porque sino este dolor de cabeza me lo hubiese tenido que calar hace algo así como un año.

De por sí yo soy muy indecisa. Indecisa de esas a las que provoca estrellarles la cabeza contra la pared mientras se grita ¡Decídete, idiota, no es tan complicado! Pero en realidad sí lo es. Porque en mi cabeza hay dos ejércitos de soldaditos (consecuencia de tener tanta imaginación, supongo), que defienden un bando distinto. Ambos ejércitos son del mismo tamaño y tienen el mismo poder. Les explico mejor mi caso:

Siempre quise estudiar un montón de cosas distintas, desde que era una mocosa que tenía clara la idea de que en algún momento me tenía que graduar de la universidad, conseguir un trabajo y ser alguien en la vida. Me acuerdo de que incluso, una vez quise ser bedel porque en mi cabeza estaba estancada la idea de una princesa Disney cualquiera limpiando por ahí con animalitos acompañándola. Luego caí en la realidad de que los únicos animalitos que me acompañarían serían cucarachas y hormigas, entonces la idea dejó de ser divertida. Quise ser cineasta, escritora, filóloga, profesora, científica, e incluso me parece que en algún momento me gustó la idea de ser astronauta o algo por el estilo. Sueños de niña pequeña, por supuesto. Y eso dejando por fuera las fantasías de ¡Oh, voy a ser la cantante/actriz/modelo más famosa de todo el mundo y apareceré en todos lados! Sí.

Ahora cuando la cosa se ha tornado un poquitín más real (bachillerato, señores), y más cuando me quedan dos años de colegio para saber qué diantres voy a hacer con mi vida, todo ha bajado de tono. Eligiendo, descartando y reduciendo todo con una dosis de realidad, me quedé con dos carreras:

Arquitectura.

Comunicación Social/Periodismo.

Exploten, cabezas. ¿Ven a lo que me refiero cuando digo Ciencias vs. Humanidades? Es la representación en vivo de una tercera guerra mundial. Son opuestos. No se juntan. O al menos eso pensaba yo hasta que me di cuenta de que ambas cosas me gustan lo suficiente como para armar uno de los dilemas más ardientes de mi corta vida.

No lo voy a negar, me veo como ambas cosas a la perfección. Los que me conocen bien me dicen que soy una loca, que yo soy de periodismo. Y lo dicen en sentido de naciste para eso, demonios, resígnate y deja de exprimirte el cerebro. Pero luego los que me conocen así por la parte de afuera van a decir que tengo que ir a arquitectura.

Tampoco voy a negar que de cierto modo, me sienta mejor periodismo. Periodismo como para escribir en una revista. Como para hacer los mejores reportajes del planeta. Como para viajar en investigaciones. Todo junto. Lo digo porque desde hace tiempo (y cuando digo tiempo es en serio) me inclino por cosas más al estilo de libros, idiomas, redacciones. Cosas simples que me salen bien y que me gustan.

Y luego está el monstruo de la arquitectura. También me gusta. Se me dan las matemáticas, la geometría, el trazo. Me gusta. Me veo como eso.

Me veo como ambas cosas.

Al fin y al cabo mi dilema no suena tan disparatado, ¿verdad que no? Pero no quiere decir que mi cabeza no esté hecha un plato de espaguetis. Tal vez termine estudiando ambas carreras, tal vez me decida por una. Tal vez me convierta en la cantante/actriz/modelo más famosa del mundo y aparezca en todos lados.

Malditas decisiones. Mi flaco consuelo (uno de los pocos que me quedan en estos momentos) es que a final de cuentas, me quedan dos años o algo así para decidir. Tengo tiempo. O al menos eso espero.

sábado, 28 de julio de 2012

Inevitable


Al cabo de un buen tiempo conociendo a algunas personas y sobre todo cuando las ves crecer, hay algunas cosas que comienzas a notar. Sobre todo en plena adolescencia ves cambios por doquier.

En mi caso, tanto por ser mujer como por el hecho de que la mayor parte de mis amigos son varones, noto más los cambios en ellos. Les cambia la voz, el rostro, se estiran y cada vez que regresan de clase de educación física, apestan como orangutanes. Nada muy duro de notar.

Y están. Las condenadas. Nueces. De. Adán.

Personalmente, tengo una obsesión con las nueces de Adán/manzanas de Adán/nunzanas que es cada vez más bizarra. Adoro esas condenadas cosas y si hay algo en lo que me fijo inmediatamente (es inevitable), son las malditas manzanas de Adán.  Así como las clavículas. Así como las venas del cuello.

Eso nos lleva a que me suelo fijar en cosas que otras chicas no toman en cuenta. Seamos sinceros, la mayoría de las muchachas son de las que admiran abdominales y nalgas y una aquí como una despistadita muriéndose por una protuberancia en el cuello. Soy demasiado rara de vez en cuando, cielos. Llega a ser algo como que “¡Mira esos brazos!” y yo como que “Nun-za-na”. Y luego me miran raro.

Pero, ya saben, es inevitable.

Sobrenombres


Oh-santa-cachucha-hablaré-de-sobrenombres.

Tal vez no soy la persona más correcta para hablar de sobrenombres, pues no tengo muchos. Me alcanza una sola mano para contarlos, creo. Por cierto, tengo un amigo al que le contaron más de treinta sobrenombres y la lista aumenta.

Hay varios tipos de sobrenombres, para mí (que raro, yo dividiendo todo en tipos). O más bien varios tipos de gente con varios tipos de sobrenombres.

Están que si las personas que tienen un solo sobrenombre y que todo el mundo las conoce así. Por dar ejemplos, conocí a una María de Jesús a la que le decíamos Assu  y tengo un amigo llamado Andrés con una sonrisa de comisuras muy altas al que le decimos Guasón/Guasi. Y así era (es) el poder de sus sobrenombres que hasta los profesores optan por llamarlos así.

También están los que son más ortográficos, con diminutivos, juegos de palabras y siglas. Una Katherine que es una Kathe, una Victoria que es una Vicky, un Luis Diego que es LD. Y pronunciado Ele De, señores.

Ah, y están los que se utilizan cuando hablas en clave. En mi caso y el de mis amigas lunáticas, hay reyes, aviones, y galletas oreo de tipo americano. Y correcto, todos los anteriores se refieren a personas.

Yo soy la clara muestra del fracaso de los sobrenombres. Primero, Andrea no es un nombre con muchos diminutivos que se diga, y quien trata de colocarme uno pierde la costumbre en menos de una semana. Mis primitos me llamaron Ane (Andre pronunciado por niños de cinco años para abajo) hasta que lograron pronunciar la d y la r juntas. Tuve una prima que trató de bautizarme como Andru, pero de nuevo, fail. Mis familiares y uno que otro amigo son los que de vez en cuando me dicen Andre. Ahora, yéndonos a los sobrenombres característicos, creo que destacan tumba-cocos (en sexto grado era la más alta de mi salón, entre niñas y niños) y negra. El “negra” todavía se utiliza, sí. Oh, y por un breve período de tiempo me llamaron Caztraitor. No duró mucho.

Funny fact, cuando era pequeña yo anhelaba un sobrenombre de verdad. Ahora no hay algo que me tenga con menos cuidado.

Repartiendo Arañazos


Lo que fueron el 2009 y el 2010 entran como mis años de transformación. Y es lo típico: Fueron los años en los que pasé a bachillerato. Ya no era una mocosa (o al menos yo no me creía una, pero de todos modos creo que inclusive sigo siéndolo), tenía unas pocas razones más para enseriarme y bueno, la pubertad llegó a mí. Con la pubertad no sólo le di a regañadientes la bienvenida a las espinillas, las hormonas y los cambios, sino a muchos pensamientos nuevos que entraron a mi cabeza.

Uno de ellos fue lo que yo llamo pseudo-feminismo. Pero alto, que esté hablando así del feminismo no quiere decir que a estas alturas no sea feminista, porque lo soy. Sólo que tenía un concepto obsesivo acerca de lo que es ser niña/mujer/adolescente-con-dos-cromosomas-X.

Básicamente me caía mal cada ser que caminara sobre la tierra con tres cositas colgando entre las piernas. Vale destacar que ahora es prácticamente lo contrario (los varones son lo mejors), pero así era yo.

Y lo peor, era del tipo agresiva. Era como que me-miras-te-muerdo, y la cosa iba en serio. Un par de mis compañeros de clases tienen cicatrices de lo que les hice con mis uñitas de gatubela. Yo en serio pensaba que tenía razones para ello. Con decirles que no me caía para nada bien ninguno de los muchachos que ahora son mis amigos y que, en especial, odiaba con toda mi mente a el que actualmente es mi mejor amigo. Irónico, ¿eh?

No me quemen en una hoguera.

Lo gracioso es que ahora pienso en cómo era y si no me golpeo contra la pared o me doy tal facepalm que me atravieso el cráneo, es porque confío en que arrepentirse del pasado no lo va a cambiar. Además, quién sabe, sin ese episodio en mi vida probablemente no sería quien soy ahora. Y me gusta quien soy ahora. Por lo menos ya se esfumó gran parte de mi reputación como Caztraitor (mi amigo LD me colocó el nombre como si se tratara de una supervillana castradora con tales garras que harían que Freddy Krueger se sintiera orgulloso).

Y bueno, esa fue una de mis confesiones que no cuenta tanto como confesión porque casi todo el que me conoce lo sabe, jé. 

domingo, 22 de abril de 2012

Da-da. Recopilación.

-Ir a comer alfalfa.


-Golpear en la cara con una silla de metal al rojo vivo.


-Miers.


-Amors.


-Amodorar.


-Aviones.


-Unicornio con tutú.


-Patos morados que son ácidos y no bases.


-Yep.


-¡Ush!


-¡Argh!


-Ains.


-¡RIDÍCULA!


Y si me conoces, me habrás escuchado alguna de esas frases/palabras/expresiones.

Drama Queen.


Sinceramente, soy la persona más dramática que conozco. No necesariamente porque llegue un día y salga contándole a todo el mundo la razón de mis dramas, montando teatros o en fin, mostrándome así de dramática con cualquiera. Esa faceta de mi está reservada para gente muy cercana en noches de confesiones.

Me considero dramática más bien por formar dramas internos con causas que para muchos son increíblemente insignificantes, y para mí eso está bien. Mientras no sea dramática con quien sea, nadie tiene derecho a reclamarme. Nadie está dentro de mí ni pueden notar mis desesperaciones así como así, tienen que conocerme muy bien para que confiese.

Mis dramas no son fáciles de liberar. O hago se me olviden o los cuento o que alguien me empuje de un puente.

Muero lento. Drama.

Quiero no pensar en las cosas que me ponen dramática y me sacan la típica adolescente emocional que llevo dentro, de verdad, pero hay momentos en que la muy desgraciada sale en contra de mi voluntad. Llevo tiempo tratando de no pensar en ninguna de esas cosas, pero ya qué, soy una dramática nata y no puedo huirle a mi naturaleza y genes.

… Creo. Ya estoy inventando mucho.

Por otro lado, creo que toda chica tiene dentro a una estúpida adolescente dramática y ridícula que la domina de vez en cuando y hace que explote, pues a quien me diga que nunca se ha sentido horrible y ha querido comer helado una tarde completa olvidándose del mundo, le pego con una silla de metal al rojo vivo.

¿El mejor remedio para esas sensaciones?

Hay varios: Ver videos en youtube. Comer helado. Leer. Hacer yoga. Hablar con un amigo/a. Estudiar. Limpiar. Salir al cine. Llorar dependiendo del drama. Hacer una pijamada. Cantar a todo pulmón. Darse un día para una misma. Hacer origami. Tratar de no pensar en el drama. Ver televisión. Hablar por teléfono. Ir a casa de un amigo/a. Cocinar. Escribir todo en una hoja de papel con letra ilegible, arrugarlo y romperlo en pedacitos minúsculos. Dormir. No sufrir y comenzar una vida zen.

Pero no me hagan mucho caso, seguro no son así se dramáticos. Tal vez deberían ponerse a hacer otra cosa cuando esos pensamientos llegan a sus cabezas, o tratar de cortarlo de raíz. Yo no tengo tantos ovarios como para hacer eso.

Miers.


No sé dónde escuché ese intento de palabra. Sólo sé que un día me dio por ponerle una “s” al final de la mitad de la palabra para no tener que decir mierda, porque soy una niña buena y eso suena feo.

Bueno, en realidad no. Es una palabra que se supone que puedo decir frente a mis padres o algo así. Si hay algo que me da mucha pena y así decir frente a mi familia, son las groserías. No soy la muchacha con vocabulario más limpio que puedan conocer, pues digo unas cuantas de vez en cuando, pero utilizo boberías como “Miers” para tratar de apaciguarlo. Creo.

Por alguna razón de un momento al otro me puse a desvariar. Debe ser porque dejé iTunes en aleatorio y me pasó de You Make Me Feel (Cobra Starship) a Everytime (Britney Spears). Qué-diablos.

El punto es que la “s” al final no sirve para todas las palabras, sino solamente para miers. No creo que “Coño” suene bien si trato de decir “Coñs”, ¿o sí?

La respuesta es un rotundo no.

Verga tampoco. Vers. Suena a “ver” con una s. ¿Y versh?. Suena mejors. S s s s s.

También la uso para “amor”. Ustedes saben, amors en lugar de amor.

Lo gracioso es que le he medio pegado esta maña a mi tribu. Soy un amors.

Y esta fue, oficialmente, la entrada más fumada que he puesto en este blog. Ojalá no se vuelva frecuente parecer fumada sin haberme fumado nada, pero creo que es el hecho de que tengo hambre. Mucha hambre. Adiós.

Grupo de Amigos/Grupo de Estudio.


Son dos cosas completamente distintas. Lo explicaré desde mi punto de vista y con la voz de la experiencia:
Cuando yo entré a la secundaria, hace casi tres años, pensaba que iba a ser una total maravilla. Que iba a conservar a mis amigos de primaria y que íbamos a ser el mejor grupo de trabajo de todo el colegio.

¡Ilusa yo!

Primero, los trabajos en grupo en secundaria comenzaron a ser muchísimo más frecuentes, los profesores no eran tan dulcitos como esperaba y mis amigos no rendían lo suficiente para lo que yo quería. No tenía las notas que quería ganar, y yo no llegaba a dar con el por qué. Simplemente les daba oportunidades una y otra y otra vez y a la final no conseguía resultados.

Obviamente, yo pensaba cosas tipo “Son mis amigos, no puedo ser tan rata y buscarme otras personas para lo referente a estudios”, y me parecía lo más normal del mundo. Así pasaron séptimo y parte de mi octavo año.

Pero luego, a finales de mi octavo curso, comencé a medio juntarme con otra gentecita más aplicadita en cuanto a trabajitos (¿?) con quienes sacaba mejores calificaciones. Entonces comencé a pensar “¿Y por qué no puedo tener un poquito de ambas cosas?”

El punto es que no fue hasta principios del noveno curso en el que me di cuenta de algo de lo que no me había dado cuenta en toda mi vida estudiantil: Tu grupo de estudios no tiene que ser el mismo que tu grupo de amigos, y tampoco tienen que juntarse.

De paso, no saben lo bien que me va aplicando eso. Tengo mi súper-tropa a quienes adoro, son mis amigos y todo, pero si hago trabajo con tres personas de ese enorme grupo de prácticamente doce, es mucho. Para eso tengo otro par de personas por fuera de la tribu que conforman mi mini-grupo de estudios, y no puedo estar más a gusto.

Inténtenlo. Lo normal es que sus amigos entiendan que no es lo mismo estar con ellos en una reunión normal que haciendo un trabajo que vale nota, así que si quieren que sus calificaciones suban primero dense cuenta de qué está fallando.

Saliendo del tema, lo más probable es que suba otra entrada ahora mismo. Que conste que, aunque no les interese, yo termino de escribir una entrada y la subo de una. ¡Hasta ahora!

lunes, 2 de abril de 2012

De-tes-to

La gente es rara. Es toda diferente y toda huele diferente, pero en realidad, no me molesta. Me gusta la gente.

Y eso de arriba sonó muy a soy de otro planeta y la gente es totalmente desconocida. Oh sí. En fin.

De todos modos, hay dos tipos de gente en específico que no me gustan, o que me sacan de mis casillas, y los voy a describir aquí:

Gusto emergente.
Bueno. Estos son aquellos a los que conoces bastante (o al menos eso crees, pero suele ser así), y te dan ganas de golpearte contra una puerta decorada con púas porque pasa algo así:

Pongamos que conoces a una tal Fulana. Sabes perfectamente que a Fulana le gustan las baladas románticas en español, que vive cantándolas y que jamás pero jamás ha escuchado otro tipo de música, y si lo ha escuchado, deja en claro que no le gusta. Y aunque no juzga otros tipos de música, estás segura de que no cambiaría sus gustos por nada.

Todo va bien, hasta que al día siguiente Fulana te comenta que conoció a un chico que adora el metal, se viste con botas, ropa oscura y tiene un corte de cabello extraño. El punto es que cuando Fulana está con ese chico y sus amigos, Fulana viste la misma ropa, utiliza el mismo vocabulario y hace como si tuviera exactamente los mismos gustos. Más tarde, cuando vuelve a estar con su grupo habitual, regresa a ser la misma Fulana de siempre: La niña dulce a la que le gustan las baladas románticas.

¿Cómo se explica eso?

Sencillo. Esta es la gente que tiene la costumbre de querer agradarle a las personas imitando sus gustos y maneras de ser. 

Quiero hacer todo mejor que tú.

Este tipo de gente es más bien así:

Ejemplo #1: Sultana sabe formular una oración en inglés, con pésima pronunciación, pero como se entiende, Sultana le hace entender a todos que es bilingüe y que habla el inglés con perfecta fluidez.

Ejemplo #2: Le mostraste a Mengana un unicornio de origami que hiciste, Mengana lo hace más o menos igual y aunque es lo único que sabe hacer más o menos, ella le dice a todo el mundo que es una maestra del origami.

Ejemplo #3: Perenceja probó las galletas de chocolate que hiciste, y te pidió la receta. Tú, como buena samaritana, se la diste dándole a saber que la receta es totalmente tuya y que has pensado en comercializarlas en tu colegio. Perenceja te anima y dice que seguro será un negocio espectacular. Al día siguiente, Perenceja lleva al colegio un tazón a reventar de galletas hechas con tu receta y las vende. Además, le miente a todo el mundo diciendo que fueron invención suya, con su receta, y que las hizo solita.

¿Verdad que dan rabia? Yo siento que me sale un tic en el ojo cada vez que encuentro a alguien así. Es como para golpearlos en la cara con una silla de metal al rojo vivo, ¿no les parece?

En fin. Este fue un post más bien de desahogo, pero sé que no soy la única que detesta a la gente así. Entiéndanme.