domingo, 29 de junio de 2014

Junio.

Y entonces pasaron esos años en donde todo se hizo grande, y pequeño, y volvió a su tamaño natural y luego se puso grande otra vez. Me alarmé cuando comenzó a empequeñecer muy despacio pero a pasos enormes, le tomaba meses, pero cada vez se encogía más y ¡oh, mi cosecha, mis sentimientos de verano han conocido el invierno! Pero luego se detuvo. Se volvió tan pequeño que no pudo encogerse más. Pensé en todo y pensé en mí, pensé en el tiempo que me mantuvo quieta y estable y pensé en el movimiento de la aguja del reloj que causó que todo a mi alrededor fuera puras luces estroboscópicas y bolas de disco, pero mi interior no fuese más que una bolita de cristal con la que juegan los niños. Sólo que no hay niños, y el cristal se resquebrajó. Y me empañé, y lloré, y grité para mis adentros porque no había justicia en mi entorno y todo era cada vez más intenso y me aturdía, pero tampoco había nadie dentro de mí que escuchara. Porque por un momento que ha durado treinta días, junio fue un invierno duro, amargo, triste, enfadado, intenso, que estruja más de lo que presiona, que arranca mis esperanzas y las tira al mar y me hace sentir harapienta, sola, y con sed insaciable de algo que no conozco. Porque en junio no llovió, porque junio es verano, pero yo, yo sólo creo en el invierno.

30/06/14 12:18am.

domingo, 2 de junio de 2013

Con el pasar...

“Tal y como la espuma de las olas se desvanece en la arena, los gustos cambian y el sabor de la pasta dental desaparece con la primera comida (o la primera secuencia de ahogos por no querer decir nada aunque haya que decir mucho), mayo gusta de descansar entre laureles cuando se ubica en la temporada más pesada del año. El problema no es ese, el problema es que con un alma como una esfera dentro de una jaula que tiene los barrotes demasiado juntos descansar con mayo se vuelve parte de la odisea llamada La Vie que cuenta con descansos justos, necesarios y que a la final (como todo hábito que está habituado a ser habitual) tiende a cansar. Todo se vuelve algo cíclico y a la vez tortuosamente lineal que afecta la visión de lo enérgico mientras mayo, que descansa sobre laureles, le cede a junio una batuta que con cada año se desmorona un poco más y tachar el calendario se vuelve lo más deseado el día aunque no haya ningún calendario que tachar. Dormir es dormir, abrir la puerta es abrir la puerta y comenzar un día es esperar que termine.”

Eso lo escribí hace unos días en mi teléfono celular. En la nota digo que lo hice el 25/MAY/2013 a las 10:57pm y acabo de transcribirlo textual y todo en un solo párrafo (como estaba, pues)  porque aunque en ese momento tenía sueño, ahora que lo leo de nuevo siento que a la final no estaba tan mal. Recuerdo que al momento de comenzar estaba contándole a Gabriel que estaba tan aburrida que terminaría escribiéndole una Oda a Mayo. De acuerdo, eso no fue para nada una oda, pero estirar una palabra que para mí sólo significaba una cosa (monotonie, porque suena mejor que monotonía) tampoco era tan sencillo.

Pero creo que no pude describir de una mejor manera lo que mayo significó para mí. Lamentablemente, junio va por el mismo camino. Mis profesores y compañeros dirían que es el síndrome del quinto año, otras personas dirían que estoy mentalmente fastidiada. Yo diría que es una pequeña fracción de la molestia que llevo conmigo misma por lo desencajado que ha sido todo dentro de mí en estos últimos meses. Enfrascarme en pequeñas cosas ha querido robar el placer de otras que son minúsculas y eso me ha robado parte de la expresión (y la pasión). Entonces, me dispuse a repararlo pero no pude hallar nada que me disgustara. Más tarde descubrí que todo se reduce a equilibrio.

Así que, he trazado algunas metas para junio:
-Leer más (aunque los libros estén carísimos).
-Escribir más.
-Escuchar más música.
-Explorar.
-Ignorar las excusas (como la de la primera meta).
-Disfrutar de lo poco.


Y espero que surta efecto. Tal vez así desaparezca la fatiga de las clases, de exigirme demasiado a mí misma y de tratar de lograr que todo me importe. Ah, y también consideraré encontrar pequeños placeres al mejor estilo de Amélie. Por ejemplo, las muestras de perfumes que huelen a memorias. Y esperaré que junio funcione o tendré que desplegar un (aun) inexistente plan B.

lunes, 20 de mayo de 2013

Saturarse y saturar.


Muchas veces he pensado que una de mis peores fallas como persona es querer siempre ayudar a los demás. No es porque sea malo, ni porque lo haga por enterarme de lo que ocurre, ni porque tenga malas intenciones, sencillamente mi vida no tiene mucha sazón en cuanto a problemas y siempre, siempre me pregunto por qué los demás viven ahogados en ellos.  Y lo malo se concentra en que me parece que, muchas veces, las personas no quieren oír lo que tengo por decir y me descontrolo porque encuentro demasiadas soluciones a problemas que no tengo. Entonces me saturo.

Estoy cansada de oír una y otra vez de personas mayores que la adolescencia es puro drama, problemas y decisiones que a la final no importan. Pero como les ardió cuando lo vivieron, ¿no?  También tengo derecho a vivirlo, pero el problema es que no lo vivo.

Probablemente yo voy muy despacio. Soy algo cobarde, un poco quedada y tal vez un pelín ingenua. Me junto con gente que no tiene intereses para nada parecidos a la de mi generación contemporánea, porque nos entendemos y no nos desesperamos. Aunque ir a mi propio ritmo es considerablemente mejor que dejarme llevar, a veces cohíbe ver todo lo que ocurre a mi alrededor sin poder hacer nada al respecto y estando yo tan bien. Es como aprender desde un segundo punto de vista y sin el ardor de vivirlo todo. Es más fácil, pero me saturo de respuestas a preguntas que no me hicieron y que no me harán
.
Conozco gente con problemas de alimentación, con problemas de autoestima, corazones rotos, y sobre todo conozco gente varada por estupideces. No he vivido ni lo de alimentación ni lo del corazón roto, pero creo que el único problema que he tenido ha sido el de autoestima y siempre estuvo puertas adentro. Dentro de mí, la clase de cosas que no le diría a nadie porque la herida no ha terminado de sanar. Entonces me pregunto que, si yo pude pasarlo sin que nadie lo notara, ¿por qué los demás no pueden? ¿Necesitarían ayuda?

Porque si la necesitan, pareciera que la mía no es. Y la inutilidad se manifiesta en pensamientos más autodestructivos que productivos.

miércoles, 17 de abril de 2013

Admiración - Influencia


¡Que viva la ciencia!
¡Que viva la poesía!

Siempre he admirado gente. Parece fútil crear una entrada para manifestar mi opinión al respecto porque, duh, todos admiramos gente; pero si utilizamos el pensamiento lateral y como decían mis profesoras, si le quitamos el celofán a ese cerebro, pronto es posible darse cuenta que como humanos tenemos unas capacidades sí y otras no. Entonces nuestra admiración probablemente se enfoque más en artes (o ciencias), o en ciencias (o artes) antes que en seres vivos como nosotros, pero que tengan una capacidad sí, y para nosotros esa misma capacidad sea una rotunda y arrugada capacidad no.

Lo irónico del asunto es que el ser humano como inconformista por naturaleza, no sabe apreciar sus propias capacidades cuando tiene en frente una que no posee. Por ejemplo, un artista queriendo aprender física cuántica sólo porque el primo de la novia de su mejor amigo ejerce sobre el tema. Pero ese primo de la novia del mejor amigo, en el fondo, quiere ser artista. Se influencian el uno al otro y no se dan cuenta, porque tienen el cerebro (y el sentido común) en otro lado.

Y allí está uno de los tantos talones de Aquiles de la humanidad, que se resume a esa pegajosa capacidad de ser incómoda pero inevitablemente influenciables. Nadie engaña a todo el mundo, así que en el fondo todos sabemos que entre humanos no existen rocas que no se hayan dejado influenciar una sola vez en su vida.

Entonces, llegué a la conclusión de que no está mal admirar a alguien una vez que comprendemos la diferencia entre ello y ser influenciados de manera que nosotros mismos y una baja autoestima nos despojemos de nuestra propia personalidad que, probablemente, todavía está en proceso de construcción. ¿El mejor antídoto? Encontrar una pasión.

Cuando era pequeña me gustaba la idea de dedicarme a la música en parte porque mi mejor amiga también tenía esa idea y por otro lado porque estaba un poco obsesionada gracias a fuentes externas. Pedí una guitarra de regalo de navidad, pero a la vez pedí toda la saga de Harry Potter. Entré a un curso de guitarra, aprendí un poquito (todavía recuerdo acordes básicos y el arpegio del Himno de la Alegría), pero me bastaba tener medio dedo de frente para darme cuenta de que eso no iba conmigo. Sin embargo, no quiere decir que no admire a los músicos y que haya abandonado la idea de algún día tocar correctamente la guitarra sin sentir que me voy a partir un dedo con las barra, pero definitivamente no es mi pasión.

Con el tiempo y sin tanto ensayo y error (porque se me habrían ido unas cuantas lunas probando cada una de las cosas que creía que me gustaban), descubrí que lo que me gusta es la poesía, las columnas periodísticas acerca de temas interesantes pero cotidianos, la gente, las lecturas difíciles, los idiomas y las materias complicadas de entender. Eso no quiere decir que no admire a los cineastas, a los músicos entregados (aunque yo siempre esté un poco más inclinada a la letra y el significado tras ella antes que a la música como tal), a los actores y a un buen puñado de aptitudes para las cuales yo sencillamente no estoy hecha. Y no veo razón por la cual los demás que se sienten influenciados no pueden hacer lo mismo, aprender a separar ambas cosas y aceptarse tal cual son.

Dejaría alguna frase célebre para culminar la entrada, pero no pude decidir cual. Tengo que trabajar más en mis finales. 

Amor para todos.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Shh.

Creo que siento que me traicioné.

(Sí, creo que siento).

Hoy no voy a hacer mucho drama, solamente voy a admitir que caí en lo que pensé que nunca caería, sobre todo el aquellos tiempos viejos de una Andrea supuestamente decidida, supuestamente dura como una roca y supuestamente fría. Fría. Si bien no me traicioné a mí, traicioné a esa versión de mí. Recomendaría que no me traten de comprender, en realidad, porque hasta para mí es difícil comprenderlo.

Hay una cosa horrible para aquellos (nosotros) los que tratamos de subsistir y mantenernos en algo como un equilibrio mente-espíritu-yoquierohaceresto (además de vaciar nuestra imaginación), hallando algo como un refugio en lo que llaman escritura amateur. Oh, sin malinterpretarme, aunque lo del equilibrio pueda parecer un poquito miserable, estoy orgullosa de eso. Y todavía tengo (tenemos) derecho a soñar. 

Yo, particularmente, siempre quise engañarme y pensar que lo mío no eran los poemas. Sin embargo, como ahora creo que mi vida se ha dividido en un antes-de y un después-de, me siento un poquito más segura de admitirlo. Sí, sí, los poemas son algo como una válvula para aquellos (nosotros) los que se sienten un poquito más profundos y más sensibles, tal vez un poco más despechados. Y, aunque mis poemas no eran malos (mi antigua profesora de Literatura casi lloraba al leerlos), descubrí que siempre estaban basados en algo un poco menos personal de lo que deberían ser; y yo, como buena virgo, siempre noté que les faltaba algo. 

Mi pequeña gran frustración entra en que siento que para poder escribir correctamente, tengo que haber vivido. Hace algunos meses donde siento que se estancó mi mayor bloqueo, llegué a esa conclusión. 

Ahora me pregunto, ¿será que estuve tan enfrascada en vivir para escribir que olvidé que puedo hacerlo de cualquiera de los dos modos?

Me desvié del tema principal. Creo que lo hice a propósito. Creo.

Para no dejar ninguna de las dos cosas inconclusas, voy a llegar a una conclusión chiquita y un poquito insignificante. A mediados del mes pasado entré en una etapita pequeñita (o tal vez grandotota) de mi vida que me hace pensar que me traicioné, porque una parte de la Andrea antes-de se prometió que nunca sería tan cursi como los personajes de sus novelas. Ahora, tal vez me acerco un poquito más. El bloqueo desapareció unos días de pronto como si fuera por arte de magia. Creo que los días antes mi mente estaba tan densa y turbia, y yo estaba tan confusa y sensible que mi imaginación quedó tapada como una capa de agua bajo una de aceite. Sin embargo, eso no mejoró mis poemas, con todo y la tanda de cursilería barata que se agregó a mi ser.

Eso no significa que hay perdido la fe en que para escribir, hay que vivir. Probablemente cuando sea mayor mis relatos y mis poemas mejoren, pero no dejaré de aprovechar los de ahora. Aprovecharé mi cursilería y aprovecharé mi etapita pequeñita/grandotota, porque si cuenta como una traición a mi antigua yo, no me importa. Estoy muy feliz traicionando a la Andrea de piedra, en parte porque eso no me afecta al escribir. La verdadera Andrea, la de adentro, sigue como de paquete.

Felicidades a quienes logren descifrar cuál es la etapita. No es tan complicado.

viernes, 4 de enero de 2013

Pensando que es verdad.


Cuando una es pequeña, es normal que trate siempre de ser (o parecer) mayor. En mi caso era normalísimo, pero más que por querer ser yo misma, era por querer imitar gente. Es lo que nos pasa a la mayoría cuando crecemos con una familia compuesta casi en su totalidad por mujeres.

Desde que somos mocosas queremos jugar con los tacones y joyería de nuestras mamás, buscamos cualquier excusa para tocar su maquillaje y preferimos jugar con Barbies porque esos son juguetes de niña. Y ay de nosotras si se nos ocurría agarrar un carrito de alguno de nuestros parientes varones, porque esos son juguetes de niño. Sin derecho a discutir.

Dejamos que nos saquen a bailar y menear las caderas sin desarrollar, y hacemos caso cuando nos gritan “¡posa coqueta!” al sacarnos una fotografía, aunque no sepamos cómo y terminemos inclinadas y con las manos en la cintura como unos maniquíes extraños.

Sin embargo, cuando nos queremos maquillar a eso de los diez años nos regañan y nos dicen que eso no es de niñas, eso es de mujeres. Y no entendemos por qué, al igual que no entendemos por qué nuestras primas mayores comienzan a crecer, a desarrollarse, a convertirse en algo que definitivamente no va con la palabra niña y nosotras no.

Es cierto que el concepto de belleza cambia mucho dependiendo de culturas y toda la cuestión, pero hay algo con lo que no puedo estar de acuerdo. En nuestra cultura nos enseñan a ser hermosas, no a sentirnos como tal. Nos dicen que nos arreglemos el cabello para no lucir desaliñadas, que aguantemos la respiración para aparentar ser más flacas, que siempre estemos derechitas para que no nos salga joroba y que por nada del mundo nos apenemos cuando comenzamos a desarrollar senos. Pero luego de todo eso yo me pregunto, después de tanto entrenamiento, al llegar a la adolescencia, ¿qué chica se siente totalmente a gusto con ella misma?

Me refiero a cuerpo, forma de ser, costumbres, todo. Las chicas somos muy inconformes, cierto, pero cuando tienes una base que te enseña mil maneras de acercarte más a un canon de mujer perfecta no es simple sentirte bien contigo misma, sobre todo a mi edad. Además, pocas son las chicas que conozco que quieren parecerse a alguien como Cléo de Mérode (por dar un ejemplo), y eso gracias a que nuestras madres, tías, primas, hermanas y la propia sociedad nos llevan la contraria y nos gritan que eso está pasado de moda.

Entonces, ¿a qué se refieren cuando hablan de una mujer bella?

Si ven a una modelo sin maquillaje, vestida con ropa casi masculina y sin hacerle caso a su cabello, te dicen que ella es hermosa. Que su cuerpo es hermoso, que sus facciones son hermosas, que su cabello es hermoso aunque esté despeinada. Sin embargo, en lo que una misma quiere salir así, tu propia familia te pide que vayas a arreglarte.

Las chicas de ahora no aprendemos a ser bellas para nosotras mismas, sino para satisfacer a una sociedad que no nos dará mucho a cambio. A la final desarrollamos un instinto que nos grita que nos maquillemos, nos peinemos, compremos la ropa que nos siente bien, que para ser bellas hay que ver estrellas.

Pero de todos modos, para el mundo, una chica muy delgada es una enferma mental y una chica que coma demasiado no se preocupa por su estética. Ven la parte de afuera y no se molestan en preguntarse por qué son así, y es que la respuesta es simple: Nunca van a estar conformes consigo mismas. Y esto viene por lo que ya mencioné, simplemente nos enseñan a ser bellas y no a creérnoslo. Sin hacer caso a los mantras.

La mentalidad de los humanos es frágil, y en caso de nosotras las mujeres es todavía peor. La presión social acaba con vidas, y no me estoy refiriendo precisamente a algo drástico. Nos consume de a poquitos.

Sigo pensando que el problema viene desde nuestros principios. Desde que nos dicen cómo vestirnos, cómo arreglarnos, cómo debe ser nuestro cuerpo y nuestra apariencia acorde a lo que nos exige el mundo y no a lo que nosotros sentimos correcto. No nos dicen que somos lindas, nos piden que nos pongamos lindas. Nos contradicen a un punto en que llega a ser irónico.

Por eso, yo misma puedo no estar completamente convencida, pero le pido a las chicas que piensen. Que se tomen un segundo para sí mismas, y que si van a hacer algo sea porque ellas mismas lo quieren así, no por sentirse obligadas. Que si vamos a arreglarnos de cualquier manera, demos un respiro a nuestra autoestima y no busquemos que nos digan que estemos lindas, sino que nosotras mismas lo pensamos así. No nos lleva a ningún lado.

No voy a negar que de alguna manera tenemos que estar acordes a los demás, a la cultura y a la sociedad en la que vivimos (y pienso que probablemente esto es lo que nuestras parientes nos querían enseñar) pero con suerte cada quien logrará encontrar un huequito en la sociedad en el que se sienta cómodo y no pierda su personalidad en el intento.

De todas maneras, creo que en el mundo todavía hay gente que piensa que cada persona es hermosa a su manera.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Palabras Adornadas


Travesuras de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa.

Mi historia con este libro comienza a principios del año, más o menos en enero de 2012. Una prima vino de regreso de Colombia y me ilusionó con algunos libros que me traería prestados. Entre ellos estaba este, Travesuras de la Niña Mala. A la final hubo cierto problema con el peso de su valija y fue imposible que me trajese los libros que me dijo. Sin embargo, siguió recomendándome una y otra vez este libro junto con algunos otros que para ser sincera no he leído a estas alturas. Lo tengo anotado en mi lista de propósitos.

Admito que se me olvidó leerlo muchas veces, hasta que lo vi en la librería de un centro comercial y de una vez comencé a buscar sinopsis. Me interesó al momento en que descubrí que la historia no se desarrollaba en Perú, sino en París. O al menos la mayoría del libro. Cerca de un mes después, más o menos en abril, lo compré.

Tardé cerca de una semana en leerlo, cuando había poderlo devorado en un par de días. No por malo, no por pesado, sino porque me gustó tanto que me traía una sensación de querer dejar un poquito para más tarde. Fue sensacional. Como al resto de los libros que me cautivan tanto, le coloqué señaladores en las partes que más me gustaron y seguí releyéndolas tarde por las noches hasta unos dos meses después. Luego, tuvo un lugar permanente en mi biblioteca.

Ya volviendo al presente, cierto amigo importante (que no es mon petit ami, debo todavía aclarar) me recordó el libro. No porque él supiera acerca de su existencia, sino por una conversación medio trivial y medio con trasfondo serio acerca de Santa Claus y el comportamiento que debes tener para recibir regalos. Aten cabos con el título del libro, a ver. El asunto es que recibí, sin querer, un pequeño apodo que tiene que ver con ello (sí, y no es tan cliché).

Eso me llevó a redescubrirlo. Y, adivinen qué. Desde entonces, hace más o menos tres días, siento que no puedo parar de hablar (pensar) como el querido pichiruchi, no puedo parar de pensar en algunas cosas y cada vez que mi memoria tiene la oportunidad, recuerdo algún pasaje del libro. Es como vivir en ese mundo de nuevo. Tampoco he sabido si tengo que amar u odiar a la niña mala. Gracias, querida indecisión.

La curiosidad me picó hace un par de días y revisé en mi querido amigo Google si tan maravilloso libro estaba traducido al inglés. Y el resto es historia.

Con tan sólo el título, me sentí mal por los angloparlantes que definitivamente no podrían disfrutar de una lectura tan exquisita como resulta en el castellano. De por sí cambiaron el título a The Bad Girl, cosa que en realidad no cuadra mucho. Me pregunté una y otra vez cómo llegarían a traducir expresiones en chiquito, como me gusta llamarlas. Chilenita, peruanita, pechitos, zapatitos, pichiruchi, zonzito, delgadita y todas aquellas otras palabritas curiosas que se pueden encontrar en las líneas de Travesuras de la Niña Mala. Traductores, espero que no hayan hecho un mal trabajo del todo. Todavía hay esperanza.

Y eso me llevó a pensar dos cosas. Primero, que los libros hay que leerlos en su idioma original (probablemente una de las tantas razones que tiene mi subconsciente para hacerme querer aprender semejante montón de idiomas). Segundo, que no puedo estar más orgullosa de hablar castellano. Y como una cosa lleva a la otra, también pensé qué es lo que me gusta tanto de mi propio idioma además de la fonética y llegué a la siguiente conclusión: 

Me encantan las palabras con adornitos.

Y con adornitos me refiero a las tildes y apóstrofes.

Descubrí, también, que seguramente esta es una razón enorme además de la mencionada fonética por la cual me entusiasmó más aprender francés que inglés. El francés es una lengua cuya pronunciación me encanta, me parece romántica y delicada, pero eso no explicaba el hecho de que me gustase tanto escribir l’après-midi, o que me enamorara del acento circunflejo (el amiguito que se aprecia en el verbo être). La ortografía me parece cautivante a pesar de que sea una pesadilla aprenderse los lugares exactos de los acentos, y eso aunque mi profesora diga que uno aprende a deducir eso from the heart.

Salgo de esto con tres cosas seguras. Primero, seguiré amando Travesuras de la Niña Mala por el resto de mi vida. Segundo, amo hablar castellano. Tercero, cada quién debería buscar razones para amar su lengua madre, porque definitivamente las hay. Yo puedo adorar las palabras adornadas y la fonética delicada-romántica, pero otros pueden odiarla.

Como diría mi mamá, entre gustos y colores no han escrito los autores.