Y entonces pasaron esos años en donde todo se hizo grande, y
pequeño, y volvió a su tamaño natural y luego se puso grande otra vez. Me
alarmé cuando comenzó a empequeñecer muy despacio pero a pasos enormes, le
tomaba meses, pero cada vez se encogía más y ¡oh, mi cosecha, mis sentimientos
de verano han conocido el invierno! Pero luego se detuvo. Se volvió tan pequeño
que no pudo encogerse más. Pensé en todo y pensé en mí, pensé en el tiempo que
me mantuvo quieta y estable y pensé en el movimiento de la aguja del reloj que
causó que todo a mi alrededor fuera puras luces estroboscópicas y bolas de
disco, pero mi interior no fuese más que una bolita de cristal con la que
juegan los niños. Sólo que no hay niños, y el cristal se resquebrajó. Y me
empañé, y lloré, y grité para mis adentros porque no había justicia en mi
entorno y todo era cada vez más intenso y me aturdía, pero tampoco había nadie
dentro de mí que escuchara. Porque por un momento que ha durado treinta días,
junio fue un invierno duro, amargo, triste, enfadado, intenso, que estruja más
de lo que presiona, que arranca mis esperanzas y las tira al mar y me hace
sentir harapienta, sola, y con sed insaciable de algo que no conozco. Porque en
junio no llovió, porque junio es verano, pero yo, yo sólo creo en el invierno.
30/06/14 12:18am.
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