miércoles, 26 de diciembre de 2012

Palabras Adornadas


Travesuras de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa.

Mi historia con este libro comienza a principios del año, más o menos en enero de 2012. Una prima vino de regreso de Colombia y me ilusionó con algunos libros que me traería prestados. Entre ellos estaba este, Travesuras de la Niña Mala. A la final hubo cierto problema con el peso de su valija y fue imposible que me trajese los libros que me dijo. Sin embargo, siguió recomendándome una y otra vez este libro junto con algunos otros que para ser sincera no he leído a estas alturas. Lo tengo anotado en mi lista de propósitos.

Admito que se me olvidó leerlo muchas veces, hasta que lo vi en la librería de un centro comercial y de una vez comencé a buscar sinopsis. Me interesó al momento en que descubrí que la historia no se desarrollaba en Perú, sino en París. O al menos la mayoría del libro. Cerca de un mes después, más o menos en abril, lo compré.

Tardé cerca de una semana en leerlo, cuando había poderlo devorado en un par de días. No por malo, no por pesado, sino porque me gustó tanto que me traía una sensación de querer dejar un poquito para más tarde. Fue sensacional. Como al resto de los libros que me cautivan tanto, le coloqué señaladores en las partes que más me gustaron y seguí releyéndolas tarde por las noches hasta unos dos meses después. Luego, tuvo un lugar permanente en mi biblioteca.

Ya volviendo al presente, cierto amigo importante (que no es mon petit ami, debo todavía aclarar) me recordó el libro. No porque él supiera acerca de su existencia, sino por una conversación medio trivial y medio con trasfondo serio acerca de Santa Claus y el comportamiento que debes tener para recibir regalos. Aten cabos con el título del libro, a ver. El asunto es que recibí, sin querer, un pequeño apodo que tiene que ver con ello (sí, y no es tan cliché).

Eso me llevó a redescubrirlo. Y, adivinen qué. Desde entonces, hace más o menos tres días, siento que no puedo parar de hablar (pensar) como el querido pichiruchi, no puedo parar de pensar en algunas cosas y cada vez que mi memoria tiene la oportunidad, recuerdo algún pasaje del libro. Es como vivir en ese mundo de nuevo. Tampoco he sabido si tengo que amar u odiar a la niña mala. Gracias, querida indecisión.

La curiosidad me picó hace un par de días y revisé en mi querido amigo Google si tan maravilloso libro estaba traducido al inglés. Y el resto es historia.

Con tan sólo el título, me sentí mal por los angloparlantes que definitivamente no podrían disfrutar de una lectura tan exquisita como resulta en el castellano. De por sí cambiaron el título a The Bad Girl, cosa que en realidad no cuadra mucho. Me pregunté una y otra vez cómo llegarían a traducir expresiones en chiquito, como me gusta llamarlas. Chilenita, peruanita, pechitos, zapatitos, pichiruchi, zonzito, delgadita y todas aquellas otras palabritas curiosas que se pueden encontrar en las líneas de Travesuras de la Niña Mala. Traductores, espero que no hayan hecho un mal trabajo del todo. Todavía hay esperanza.

Y eso me llevó a pensar dos cosas. Primero, que los libros hay que leerlos en su idioma original (probablemente una de las tantas razones que tiene mi subconsciente para hacerme querer aprender semejante montón de idiomas). Segundo, que no puedo estar más orgullosa de hablar castellano. Y como una cosa lleva a la otra, también pensé qué es lo que me gusta tanto de mi propio idioma además de la fonética y llegué a la siguiente conclusión: 

Me encantan las palabras con adornitos.

Y con adornitos me refiero a las tildes y apóstrofes.

Descubrí, también, que seguramente esta es una razón enorme además de la mencionada fonética por la cual me entusiasmó más aprender francés que inglés. El francés es una lengua cuya pronunciación me encanta, me parece romántica y delicada, pero eso no explicaba el hecho de que me gustase tanto escribir l’après-midi, o que me enamorara del acento circunflejo (el amiguito que se aprecia en el verbo être). La ortografía me parece cautivante a pesar de que sea una pesadilla aprenderse los lugares exactos de los acentos, y eso aunque mi profesora diga que uno aprende a deducir eso from the heart.

Salgo de esto con tres cosas seguras. Primero, seguiré amando Travesuras de la Niña Mala por el resto de mi vida. Segundo, amo hablar castellano. Tercero, cada quién debería buscar razones para amar su lengua madre, porque definitivamente las hay. Yo puedo adorar las palabras adornadas y la fonética delicada-romántica, pero otros pueden odiarla.

Como diría mi mamá, entre gustos y colores no han escrito los autores.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Lana del Zzz.


Musicalmente, no tengo gustos tan amplios como me gustaría tener. En realidad no soy muy crítica ni me califico de melómana o algo parecido, soy una persona corriente que aprecia la música como la apreciaría cualquier otro muggle.

(Aunque esta muggle tenga la esperanza de no serlo)

Sin embargo, aprecio aquel tipo de música que es capaz de transportarte. Está claro que esto cambia de acuerdo a cada quien, de las experiencias que ha vivido y de con qué sea capaz de relacionar la melodía, pero les prometo que esto en mí es de lo más básico.

Y aquí llega mi no-amiga Lana del Rey.


No voy a ser demasiado crítica (nunca lo soy en estos aspectos), pero lo que transmite Lana es inigualable. Hay música que te lleva al futuro o que es capaz de traerte a la mente cosas que no recordabas, pero escuchando a Lana me ocurre algo muy distinto.

Primero, entro en un modo zombie que no juega trencitos. Segundo, siento como si estuviese viviendo en una época completamente distinta. Aquella época que te imaginas en sepia y con bordes desgastados. Además, vienen a mi mente recuerdos imaginados de veranos melancólicos que definitivamente jamás viví. Una nostalgia que no tengo que tener, pero entra allí de todos modos. Es como entrar en una mente que no es la mía.

No voy a decir que escucho a Lana del Rey como escucho a otros grupos que me gustan más. Probablemente solamente me digno a escuchar un par de canciones, pero admiro a la mujer. La admiro por su voz, la admiro por su estilo, la admiro por lo nostálgica, melancólica y vintage que puede parecer y la admiro por lo que su música me hace sentir e imaginar. Gracias por la inspiración, Lana.

Summer’s in the air but baby heaven’s in your eyes.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Diciembre


Probablemente cuando menciono la palabra diciembre, a todo el mundo se le vienen a la cabeza imágenes de la cena navideña, un arbolito, bambalinas, e infinidad de cosas que llevan a todos a una misma palabra: Navidad. En mi caso, se me vienen a la cabeza los fuegos artificiales de año nuevo. Díganme hipstah.

No por ello soy un grinch, pero de eso hablaré en otra entrada. Creo.

El punto es que la felicidad de diciembre sólo llega después de las vísperas de navidad, o sea el día veinticuatro. Antes, todo es un desastre que se resume a tres cosas: compras, gente y colas. Así de simple. Seré más específica. Vamos con la primera fecha: vísperas de navidad.

Navidad significa todo el mundo pensando lo mismo. Todo el mundo pensando lo mismo significa ropa. Ropa significa tiendas. Si todo el mundo está pensando en ropa y ropa significa tiendas, todo el mundo estará en tiendas consiguiendo ropa. Eso es igual a gente. Gente significa colas.

Más claro imposible.

Pienso que todos somos unos masoquistas. Sobre todo lo son aquellos ilusos que piensan que van a poder entrar a una tienda en fechas decembrinas y salir sin calarse la cola del año aunque sólo vayan a comprar un pantalón. Es imposible. Por eso, me gusta pensar que para las compras navideñas uno tiene que ir en modo zen.

El problema de esto está en que no todos piensan igual en cuanto al zen. Entonces el asunto deja de ser el calarse la cola y comienza a ser calarse a la gente. Gente que grita, gente que va por el mundo respondiendo feo, gente que pasa treinta años en la caja, gente atravesada, gente regañando a sus hijos, y los que más me hacen perder la paciencia: La gente que camina lento.

También es que a mí de verdad me gusta caminar apresurada, pero hay gente que es el polo opuesto. Coño, bien si van tranquilos por la vida, pero hay personas con complejo de Flash (yo) detrás.

Al punto. Si vas a hacer compras navideñas, tanto de ropa como de comida para la cena (que se me había olvidado mencionar), asume de una vez que no va a ser como si fueras a comprar en Junio. Va a ser un completo desastre y te lo tendrás que calar. Recomiendo el zen y que después te compres un helado para pasar la rabia.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Cosas de niñas.

Un fenómeno muy extraño en la porción con dos cromosomas X de mi salón de clases se da cuando todas hablamos. O pongamos que no todas, más o menos la mitad.

Para explicarlo mejor, hay veces en que a una especie de lazo femenino le da por unirnos aunque no nos llevemos realmente bien. Esto normalmente pasa en las clases que vemos separados niñas de varones (laboratorio de biología y e.f). Como somos todas niñas, lo más normal es que cuando hablamos salgan temas de niñas, que van desde lo horrible que son los dolores menstruales hasta el tema más popular a esta edad: Novios.

Novios, enamorados, culitos, cuadres, el que te está cayendo pero no le paras, al que le caes pero no te para, amigos con derechos, el típico hay todo pero no hay nada. Hay infinidad.

Lo gracioso del caso es que la mayor parte de mis compañeras tiene para relatar al menos un caso de novios, y yo sólo puedo contar mis romances fallidos de primaria. Y no, en realidad no es tan triste como suena (sobre todo porque no soy la única). Entonces suele darme risa, porque siempre existe la compañera que ha tenido más de cinco novios y no llega a los 16 años. Arrasannnnndo.

Les contaré mis romances fallidos.

Primero, cuando estaba en preescolar (4-5 años) me gustaba el hermano mayor de una de mis amiguitas. No era de extrañar: Era el único niño rubio de ojos verdes que conocía. Funny Fact: Todavía estudia en el colegio. Luego, cuando pasé a segundo grado (7 años) me gustó un compañero llamado Jorge. Me acuerdo que un día me dio por ponerme romántica, agarré un marcador rosado y escribí en mi pared Jorge y Andrea encerrado en un corazón. Tan empalagosa yo. Él me gustó como hasta 4to grado. Recuerdo que se fue de la ciudad, pero no me dolió ni un poquito. Descubrí que en realidad no me gustaba tanto.
Luego estuvo otro compañero llamado Néstor. El me gustó más o menos en 5to grado (10 años). También se fue del colegio, pero tampoco sufrí. Después de él me gustó otro niño llamado Álvaro, eso ya cuando tenía once años.

En 7mo grado no recuerdo que me haya gustado nadie en realidad, probablemente mi cabeza estaba en otras cosas y mi etapa de enamorada hormonada con patas había pasado, pero en 8vo me gustó Jorge (sí, el mismo Jorge del otro párrafo que todavía estudia conmigo). Y también hay otro asunto que no voy a contar ahora.

En realidad no me da pena admitir que me gustaron todos esos niños: Era una niña. En niñas es normal que pasen estas cosas, así que no sé cuál es el drama de otras muchachas en admitir quién le gustó. Ahora, cuando se habla de presente y no de pasado es distinto, allí es más complicado admitir cosas.

Una cosa que aprecio mucho entre nosotras las portadoras de dos cromosomas X es que cuando llega el momento de hablar de cosas de niñas así sea todo un simple drama sin sentido, todas nos volvemos amigas. Y me refiero a amigas amigas, cuando de verdad las sientes como tal porque te aconsejan y te ayudan como lo haría una amiga de verdad. Entonces sentirse comprendida pasa a ser algo muy simple, aunque sea con quien menos pensaste.

Por eso, yo estoy a favor de hablar cosas de niñas aunque sea con chicas que no te caen bien. Se convierte en algo productivo.