¡Que viva la ciencia!
¡Que viva la poesía!
Siempre he admirado gente. Parece fútil crear una entrada
para manifestar mi opinión al respecto porque, duh, todos admiramos gente; pero si utilizamos el pensamiento
lateral y como decían mis profesoras, si le quitamos el celofán a ese cerebro,
pronto es posible darse cuenta que como humanos tenemos unas capacidades sí y
otras no. Entonces nuestra admiración probablemente se enfoque más en artes (o
ciencias), o en ciencias (o artes) antes que en seres vivos como nosotros, pero
que tengan una capacidad sí, y para
nosotros esa misma capacidad sea una rotunda y arrugada capacidad no.
Lo irónico del asunto es que el ser humano como
inconformista por naturaleza, no sabe apreciar sus propias capacidades cuando
tiene en frente una que no posee. Por ejemplo, un artista queriendo aprender
física cuántica sólo porque el primo de la novia de su mejor amigo ejerce sobre
el tema. Pero ese primo de la novia del mejor amigo, en el fondo, quiere ser
artista. Se influencian el uno al otro y no se dan cuenta, porque tienen el
cerebro (y el sentido común) en otro lado.
Y allí está uno de los tantos talones de Aquiles de la
humanidad, que se resume a esa pegajosa capacidad de ser incómoda pero
inevitablemente influenciables. Nadie engaña a todo el mundo, así que en el
fondo todos sabemos que entre humanos no existen rocas que no se hayan dejado
influenciar una sola vez en su vida.
Entonces, llegué a la conclusión de que no está mal admirar
a alguien una vez que comprendemos la diferencia entre ello y ser influenciados
de manera que nosotros mismos y una baja autoestima nos despojemos de nuestra
propia personalidad que, probablemente, todavía está en proceso de
construcción. ¿El mejor antídoto? Encontrar una pasión.
Cuando era pequeña me gustaba la idea de dedicarme a la
música en parte porque mi mejor amiga también tenía esa idea y por otro lado porque estaba un poco obsesionada gracias a fuentes externas. Pedí una guitarra de regalo de navidad, pero a la vez pedí toda la saga
de Harry Potter. Entré a un curso de guitarra, aprendí un poquito (todavía
recuerdo acordes básicos y el arpegio del Himno de la Alegría), pero me bastaba
tener medio dedo de frente para darme cuenta de que eso no iba conmigo. Sin
embargo, no quiere decir que no admire a los músicos y que haya abandonado la
idea de algún día tocar correctamente la guitarra sin sentir que me voy a
partir un dedo con las barra, pero definitivamente no es mi pasión.
Con el tiempo y sin tanto ensayo y error (porque se me
habrían ido unas cuantas lunas probando cada una de las cosas que creía que me
gustaban), descubrí que lo que me gusta es la poesía, las columnas
periodísticas acerca de temas interesantes pero cotidianos, la gente, las
lecturas difíciles, los idiomas y las materias complicadas de entender. Eso no
quiere decir que no admire a los cineastas, a los músicos entregados (aunque yo
siempre esté un poco más inclinada a la letra y el significado tras ella antes
que a la música como tal), a los actores y a un buen puñado de aptitudes para
las cuales yo sencillamente no estoy hecha. Y no veo razón por la cual los demás que se sienten influenciados no pueden hacer lo mismo, aprender a separar ambas cosas y aceptarse tal cual son.
Dejaría alguna frase célebre para culminar la entrada, pero no pude decidir cual. Tengo que trabajar más en mis finales.
Amor para todos.
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